Boudica, la reina guerrera

Published in: on febrero 1, 2016 at 6:15 pm  Dejar un comentario  

Genghis Khan, fundador del imperio Mongol

Published in: on febrero 1, 2016 at 6:12 pm  Dejar un comentario  
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Nerón

Published in: on febrero 1, 2016 at 6:04 pm  Dejar un comentario  
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A la caza del tesoro pirata

Published in: on febrero 1, 2016 at 6:01 pm  Dejar un comentario  
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Calígula

Published in: on enero 30, 2016 at 9:46 pm  Dejar un comentario  
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Dian Fossey

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Dian Fossey, la amiga de los gorilas

Pionera. Sus investigaciones de los gorilas del África ecuatorial se confirmaron fundamentales para la conservación de estos simios casi extinguidos. Su obra más conocida: “Gorilas en la niebla”.

Nacida en San Francisco en 1932, tuvo una infancia desgraciada por la separación de sus padres cuando ella contaba apenas tres años de edad. La unión de su madre a una nueva pareja no mejoró, más bien al contrario, la situación familiar de Dian. Su padrastro le proporcionó un maltrato psicológico que, lejos de debilitarla, la impulsó a estudiar con más tesón en el intento de huir de esa injusta situación.

En 1954, obtuvo la licenciatura en terapia ocupacional por el San Jose State College, consiguiendo desarrollar su especialidad en el Kosair Children’s Hospital de Kentucky, donde existía una importante área en la que se investigaban modernas técnicas de trabajo con niños de educación especial.

Desde su llegada al centro se entregó por entero al cuidado de los niños discapacitados psíquicos, quienes parecían haberla escogido como principal compañera de juegos y comunicación. Sus métodos gestuales consiguieron mayor cercanía de lo habitual con estos críos tan necesitados de afecto  y, pronto, sus compañeros de trabajo coincidieron en que Dian parecía haber nacido para esta forma tan hermosa de enseñanza.

Sin embargo, el destino quiso que en 1960 cayera en sus manos el libro escrito por el afamado zoólogo George B. Schaller, primer texto especializado en gorilas de montaña. En sus páginas, además de extensas narraciones sobre el hábitat y comportamiento de estos grandes simios, se arrojaban cifras catastróficas sobre su censo. En efecto, según el recuento de Schaller apenas quedaban 500 ejemplares en una zona de África Central jalonada por ocho volcanes situados entre el Congo, Uganda y Ruanda. Y lo peor estaba por llegar, dado que la moda de coleccionar cabezas, manos y pies de estos primates estaba provocando una matanza indiscriminada a cargo de furtivos amparados por corruptos gobiernos locales.

Fossey sintió la llamada de la naturaleza y, en i963, viajó al continente negro con más emoción que conocimientos, dispuesta a luchar por la preservación de aquella especie tan amenazada. Contactó con el célebre antropólogo Louis Leakey, quien tras algunas reticencias consintió que Dian permaneciera en la zona con la intención de censar las últimas colonias de gorilas. De ese modo, en i967 la Fossey llegó a la majestuosa montaña de Virunga, ubicando su campamento base en Karisoke, donde permaneció varias semanas hasta poder localizar el primer grupo de gorilas. Según su propia descripción, aquel momento único y lleno de magia fue lo más impactante acontecido en su vida.

Lo cierto es que los primeros encuentros entre la científica y sus nuevos amigos fueron de lo más aparatoso: desconfianza, persecuciones, gruñidos…, pero su formación académica, su lenguaje gestual y, sobre todo una infinita paciencia consiguieron poco a poco el beneplácito de los simios, llegando incluso a poder relacionarse con ellos, en especial con Digit, un hermoso ejemplar macho de lomos plateados con el que trabó auténtica complicidad. Durante años Dian exploró aquel maravilloso vergel volcánico contabilizando 220 gorilas de montaña distribuidos en varios núcleos.

En 1974 recibió por su trabajo el doctorado en zoología por la universidad de Cambridge. Todo hacía ver que se transitaba por buen camino en el anhelo de  proteger a estos parientes lejanos del ser humano. Empero, aquellos gozosos avances se vieron truncados cuando los cazadores furtivos se adentraron nuevamente en el territorio de Virunga. Digit murió en una de estas masacres, lo que desató la furia incontrolada de la zoóloga. Llena de rabia, mantuvo entrevistas con las autoridades de la zona, tendió trampas a los furtivos y los persiguió denodadamente en compañía de algunos malpagados guardas forestales. Mientras tanto, sus reportajes publicados en la revista National Geographic empezaron a concienciar a miles de personas, las cuales, en un capítulo de sensibilización sin precedentes, iniciaron campañas para promover la protección de los cada vez más escasos gorilas de montaña. Se crearon fundaciones como la Digit Fundation o el Karisoke Research Center. Aquel sueño quimérico tomaba forma real con Dian Fossey convertida en adalid de una causa más que justa.

En 1983, publicaba el libro Trece años con los gorilas de montaña, conocido popularmente como Gorilas en la niebla, donde se explicaban sus experiencias en las brumosas montañas africanas y su contacto con los primates. Esta obra literaria de imperecedero recuerdo sirvió junto a otras de similares características para desmitificar el carácter agresivo y carnívoro atribuido, desde tiempos ancestrales, a los casi fantasmagóricos pobladores de aquellas cumbres legendarias.

Por desgracia para ella, su proyección internacional provocó la inquina fatal de los traficantes que operaban en el territorio y, en no pocas ocasiones, recibió amenazas de muerte para que abandonase Virunga.

El 27 de diciembre de 1985 se cumplieron los peores vaticinios: fue hallada en su cabaña cosida a machetazos. Durante años, el misterio sobre su muerte permaneció anclado en el ostracismo, aunque por fin se supo que el autor del crimen había sido Protais Ziriganyirago, cuñado del presidente ruandés y capo de los furtivos que mataban gorilas. Este miserable no consiguió sus propósitos pues, finalmente, los gorilas de montaña que aún quedaban recibieron la protección por la que tanto había luchado su gran aliada.

Lo último que escribió Dian Fossey en su diario fue: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación para el futuro”.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:34 pm  Dejar un comentario  
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Agatha Christie

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Agatha Christie, la gran dama de las novelas de misterio

Nació en el seno de una rancia familia victoriana, en 1890. La autora inglesa más traducida –por delante incluso de Shakespeare– publicó su primer libro en 1920. Además de obras policiacas y de teatro, relatos y ensayos, escribió novelas de amor, de las que se sentía muy orgullosa.

Extravagante, reservada, imaginativa y viajera. Es la escritora de cuya producción bibliográfica más ejemplares se han vendido. Su obra, compuesta por unas 70 novelas, 150 relatos cortos, 19 obras teatrales, varios ensayos y una autobiografía, la convierte en un icono de la literatura universal.

La creadora de personajes como Hércules Poirot o Miss Marple nació el 15 de septiembre de 1890, en Torquay (Devonshire, Inglaterra). Su verdadero nombre era Agatha Mary Clarissa Miller Boehmer. Pertenecía a una rancia familia victoriana, cuyos padres, Frederick y Clarissa, estaban empeñados en otorgar a su descendencia la mejor instrucción académica posible.

Sin embargo, la prematura muerte del progenitor, en 1901, dejó a la familia sumida en la bancarrota, viéndose obligada a alquilar su residencia inglesa durante los veranos, mientras ellos viajaban a Egipto. Este país impregnó el alma de Agatha.

La futura escritora comenzó desde muy pronto a dar muestras de un espíritu bohemio que le acompañaría durante su interesante peripecia vital. En 1911 voló en un avión, cuando este asunto era propio de los excéntricos de la época. Más tarde conoció al apuesto Archibald Christie, un piloto de la Royal Flying Corps, con quien se casó absolutamente enamorada en 1914, año en que estalló la Primera Guerra Mundial.

Ella misma se alistó en el Cuerpo de Enfermeras. Fue destinada al laboratorio de un hospital, donde adquirió importantes conocimientos sobre toxicología, que más tarde le sirvieron para trazar los argumentos de sus libros más reconocidos.

Después del final de la contienda tuvo a su única hija, Rosalind, y en 1920 publicó su primera obra, El misterioso caso de Styles, donde aparece por primera vez el singular detective belga Hércules Poirot. La acogida de la novela fue magnífica, aunque solamente se vendieron unos 2.000 ejemplares, suficientes, en todo caso, para concebir la esperanza de ser algún día escritora profesional.

Poco después llegaron otras obras y los primeros ingresos económicos, que dedicó a la compra de un automóvil. En 1926, cuando ya gozaba de gran popularidad, recibió un duro golpe, además de la muerte de su querida madre: su marido había solicitado el divorcio. Se había encaprichado de Nancy Neele, una joven jugadora de golf que, sin pretenderlo, partió el corazón de la Christie hasta tal punto que sufrió un “shock” emocional, perdiéndose durante varios días. Fue hallada en un balneario, con nombre falso y con una amnesia de la que no llegó a recuperarse totalmente.

Sin embargo, esta mujer de carácter indómito pudo sobreponerse, en parte, debido a la publicación de El asesinato de Rogelio Ackroyd, la novela que la impulsó al éxito definitivo.

Cuando contaba 40 años decidió entregarse a su pasión viajera y, a bordo del tren Orient Express, se trasladó a Mesopotamia con la intención de visitar yacimientos arqueológicos. Fue allí donde conoció a Max Mallowan, un arqueólogo 15 años menor que ella, y que se convirtió en el gran amor de su vida. Juntos prospectaron los ecos de la historia antigua, lo que sirvió a la escritora de fuerte inspiración para algunos de sus títulos inmortales, como Asesinato en Mesopotamia o Muerte en el Nilo.

En 1939 Inglaterra quedó involucrada en la Segunda Guerra Mundial y el matrimonio tuvo que separarse. Max marchó al frente y Agatha volvió a ser enfermera, aunque siguió escribiendo con éxito, en algunos casos bajo el seudónimo de Mary Westmacott, nombre que usó para las novelas sentimentales de las que siempre se sintió orgullosa.

En 1952 estrenó su obra teatral “La ratonera”, desde entonces representada ininterrumpidamente, constituyendo, hoy en día, un récord sin parangón. Cabe comentar que, si bien Agatha Christie es una de las más fieles representantes del género detectivesco, en su extensa producción también se encuentran títulos inscritos en otros ámbitos literarios, incluida una deliciosa autobiografía titulada Ven y dime cómo vives, donde la británica muestra, a pesar de su natural timidez, una personalidad muy humana y sincera.

En 1971, la reina Isabel II —una de sus más encendidas seguidoras— le concedió la Orden del Imperio Británico por la difusión universal de sus libros. No en vano, era la autora inglesa más traducida, por encima incluso del mismísimo William Shakespeare, con unas ventas que superaban los 400 millones de ejemplares.

Falleció el 12 de enero de 1976, cogida de la mano de su esposo, Max. Una de sus frases más definitorias fue ésta: “No soy buena conversadora, no puedo hacer las cosas de prisa, me resulta difícil decir lo que quiero, prefiero escribirlo. Escogí la profesión justa”.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:30 pm  Dejar un comentario  
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Roald Amundsen

Amundsen

Amundsen, el noruego que conquistó la Antártida

Explorador. Desde niño se entrenó y se aclimató al frío para futuras expediciones al Polo Norte. Fue un hábil hombre de mar, pero desapareció en 1928 en una misión de rescate en los hielos árticos.

A principios del siglo XX, aún quedaban algunos retos para el ser humano en lo que  se refiere a la exploración de nuestro planeta. En ese sentido, las principales metas a conquistar se encontraban en ambos polos de la Tierra. Muchos hombres pagaron con sus vidas la osadía de enfrentarse a los eternos hielos polares, pero uno de ellos consiguió, no sin esfuerzo, llegar al centro geográfico de la Antártida.

Nacido en Borge (Noruega), el 16 de julio de 1872, Roald Amundsen mostró desde niño una evidente querencia por todo lo relacionado con las expediciones polares, principalmente, las árticas, donde un buen número de aventureros había zozobrado en el intento de conquistar el Polo Norte. Esa obsesión infantil fue creciendo con los años muy a pesar de sus padres, quienes intentaron por todos los medios erradicar de su mente esa idea tan aparentemente peregrina. A regañadientes, aceptó la imposición materna de matricularse en la facultad de Medicina. Hasta ese momento, se había entrenado como el mejor atleta olímpico en la aspiración de que algún día pudiera colmar su ambición de pionero.

Desde los ocho años de edad, durmió con la ventana abierta en pleno invierno para aclimatarse a los rigores que le esperaban, montaba en bicicleta a diario para endurecer sus músculos y nadaba en las gélidas aguas noruegas con el propósito de aumentar su fondo y su resistencia. Con esta formidable preparación mental y corpórea llegó a 1893, año en el que una vez fallecidos sus progenitores, abandonó su formación académica para entregarse por entero a su auténtica vocación exploradora. Tenía 21 años.

Durante tres años trabajó como marinero en un barco, un oficio, según él, necesario, dado que la mayor parte de los desastres acontecidos en la conquista de los polos se debían a la inexperiencia en aquellas latitudes de los capitanes marinos. En 1897, se enroló en la expedición del barón de Gerlache, que zarpó rumbo a la Antártida.

Amundsen, tras múltiples avatares, se convirtió en el protagonista de la singladura cuando cayó enfermo el barón y se declaró el escorbuto entre la tripulación. Nuestro personaje asumió con valentía el liderazgo de aquellos desesperados hombres, les preparó abrigos de foca y mantuvo el ánimo de todos hasta que pudieron liberarse de los hielos australes.

En 1903, el ya curtido noruego compró un pequeño barco, al que llamó Gjoa. Junto a un reducido grupo de expedicionarios, se lanzó a la hasta entonces imposible aventura de encontrar el mítico paso del Noroeste que unía los océanos Atlántico y Pacífico en el norte del continente americano. Amundsen consiguió la hazaña y en marzo de 1905 atravesaba 500 millas desoladas de Alaska para comunicar la proeza al mundo desde la ciudad de Eagle City. No sólo fue una gran gesta que abría caminos comerciales, sino que también se obtuvieron datos esenciales para entender el magnetismo del planeta. Convivió con  los nativos ainuts de los que aprendió todo lo que había que saber para sobrevivir en  la inclemencia climatológica del Polo. Fueron enseñanzas magistrales que le servirían posteriormente en su hazaña antártica.

Una vez de regreso en Noruega, comenzó a preparar el asalto definitivo sobre el  centro geográfico del Polo Norte; ése era su deseo desde niño y para lo que había vivido durante años. Sin embargo, el destino le negó esa posibilidad cuando el comandante Peary se le anticipó en i909. Amundsen, quien ya había iniciado los preparativos finales para consumar ese capítulo histórico, vio truncados sus planes, aunque, lejos del abatimiento, enfiló la proa de un nuevo buque llamado Fram hacia la geografía antártica y el Polo Sur. Ésa era su nueva propuesta vital. Y es aquí donde surge una de las carreras más hermosas y a la vez dramáticas en la cronología de las conquistas, ya que casi al mismo tiempo, una expedición británica comandada por el capitán Scott se había propuesto llegar al centro geográfico del sexto continente.

Durante meses, la actividad en ambas expediciones fue frenética. Los ingleses apostaron por trineos a motor y caballos ponnies como fuerza motriz que les condujeran al éxito. Los noruegos, por su parte, depositaron sus esperanzas en trineos convencionales tirados por más de un centenar de perros árticos. Como es sabido, los ingleses no tuvieron la fortuna de su lado: los caballos murieron congelados, las orugas mecanizadas se averiaron casi de inmediato y después de un aterrador viaje, Scott y los suyos murieron tras haber llegado al objetivo dos meses más tarde que sus competidores. En cambio, los perros polares de los noruegos rindieron al máximo llevando en volandas a Roald Amundsen y su grupo.

El 14 de diciembre de 1911, la bandera noruega era clavada en el extremo más austral de la Tierra. Concluía la era de las exploraciones en nuestro planeta y su artífice pasaba con letras de oro a los anales de la Historia. En 1926 y a bordo del dirigible Norge, fue junto a su tripulación el primer humano en sobrevolar el Polo Norte constatando la ausencia de tierra firme. Con ello se completaba al fin y, sin dudas, el mapa terráqueo.

El 18 de junio de 1928, desapareció para siempre cuando capitaneaba la misión de rescate aéreo por el Ártico que pretendía localizar al dirigible Italia, que se había perdido.

Paradójicamente, aquel que había dedicado su vida a la conquista del Polo Norte y que en cambio había hecho lo propio con el polo opuesto, encontró la muerte en los hielos vírgenes de sus sueños infantiles.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:27 pm  Dejar un comentario  
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Rudyard Kipling

Kipling

Rudyard Kipling, escritor y poeta oficial del imperio británico

Fue uno de los literatos y reporteros que defendieron el colonialismo británico victoriano entre los siglos XIX y XX. Cultivó todos los géneros, decantándose por las aventuras con un tono periodístico y trepidante. Sus obras cuentan con versiones cinematográficas de gran calidad.

El célebre autor y Premio Nobel inglés mantuvo a ultranza su tesis sobre la hegemonía que el imperio británico debía ejercer sobre el resto del mundo. Sin embargo, este pensamiento no debe confundirnos, dado que amó profundamente la convivencia y mestizaje de los pueblos.

Nacido en Bombay (La India) el 30 de diciembre de 1865, Joseph Rudyard Kipling no sólo quedó marcado por una acomodada familia, sino también por el país que le acogió. Su niñez fue adornada por exquisitas historias populares.

Contados por institutrices nativas, los relatos infundieron en el pequeño un amor inusitado por esa India ancestral y exótica bajo dominio victoriano.

Con 6 años de edad fue enviado a Inglaterra a fin de recibir una magnífica educación. Empero, la convivencia junto a una severa y anciana tía, así como los rígidos protocolos establecidos en los rancios colegios ingleses, afectaron negativamente su ánimo, y esas sensaciones amargas quedaron plasmadas años más tarde en los textos de sus obras.

En 1882, tras una intensa formación académica, regresó a su país de origen convertido en periodista, oficio que ejercerá con brillantez desde entonces. En la redacción del periódico Civil and Military Gazette compondrá sus primeras novelas cortas sembradas todas ellas de rico anecdotario con guiños a una sociedad estructurada en torno al imperio británico. Además fue pionero del análisis sociológico y sus dotes periodísticas le hacen observar la miscelánea cultural que lo rodea.

En este periodo inicial publicó Cantinelas departamentales, Cuentos de las colinas, y seis volúmenes donde expuso pequeñas historias relacionadas con la convivencia  entre la población autóctona y los ingleses ocupantes. Kipling popularizó al soldado británico. Nadie como él supo transmitir las sensaciones, las emociones y el honor de aquellas tropas coloniales en los campos de batalla donde se gestaban sus hazañas. El conocimiento que tenía del argot militar se plasmó en buena parte de su obra.

Viajero impenitente, saltó a Norteamérica para fundar en compañía de su esposa, Caroline Balestier, una familia que dio como fruto dos hijos que, por desgracia, no sobrevivieron al autor. Además de la crónica periodística, hizo incursión en diversos géneros literarios: novela, cuento y poesía, aunque, sin duda, fue su acercamiento a los jóvenes lo que le impulsó como gran escritor universal. En 1894 apareció la primera entrega de El libro de las tierras vírgenes. La siguiente lo hizo un año más tarde. En el mundialmente conocido como El libro de la selva, predominaba la cara simpática de Mowgli, un niño salvaje que encarnó el espíritu mezclado de dos culturas antagonistas.

Kipling desarrolló todo su ingenio en un apogeo narrativo cubierto por el espíritu de una India que no le negaba ningún secreto. La publicación fue aclamada por la crítica y el público. Desde entonces, la notoriedad de este creador sería sólo equiparable a su rotunda fama. Sobre él se dijo que era “el poeta oficial del imperio británico”. Y es que el escritor era un imperialista convencido que soñaba con una pax británica emanada desde la metrópoli londinense para bienestar de todos los pueblos bajo el influjo de la civilizada Inglaterra. Su laboratorio ideológico fue Sudáfrica, territorio gobernado por grandes terratenientes europeos que llevaban a la práctica el imperialismo con gran éxito. Visitó con frecuencia este enclave y allí fue donde ratificó sus postulados sobre un mundo feliz dirigido por lúcidas mentes anglosajonas.

En 1907 recibió la distinción de ser el primer inglés al que se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Ya por entonces vivía en Londres colmado de honores y reconocimientos. Si bien tras la Primera Guerra Mundial su figura literaria y posicionamiento político sufrieron algunos reveses que, en todo caso, no consiguieron menoscabar su dilatada trayectoria profesional. Obras como el propio El libro de la selva, Capitanes intrépidos o Kim de la India fueron traducidas a varios idiomas convirtiéndose en parte de la literatura universal.

Falleció con 70 años de edad el 18 de enero de 1936 cuando estaba ultimando un libro de memorias circunscrito a sus primeros años de triste existencia. El trabajo se publicó en 1937 bajo el título Algo de mí mismo. Kipling murió con el pesar de no ver reconocida su obra poética; en este sentido, el intento postrero de T. S. Eliot por rehabilitarle resultó infructuoso. No obstante, nadie cuestiona su valía como inmenso contador de historias, alguien que, a caballo entre dos siglos, supo transmitir emoción, entusiasmo y, lo más importante, cordura para entender que la convivencia intercultural sería fundamental para un armonioso desarrollo del mundo.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:36 pm  Dejar un comentario  
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Paul Nipkow

Paul Nipkow

Paul Nipkow, el joven alemán que se convirtió en padre de la televisión

Nació en 1860 en la localidad alemana de Lauenburg. Obsesionado durante años con la idea de poder transmitir una imagen a distancia, diseñó y patentó el disco de Nipkow, considerado como el primer sistema de televisión de la Historia. Tenía sólo 23 años.

A finales del siglo XIX, la intuición y pericia de diversos científicos dio, como consecuencia visible, un impulso definitivo a diferentes inventos que mejoraron la calidad de vida de los humanos y su mejor comunicación, en un contexto tecnológico que cambiaría para siempre nuestra civilización.

Acaso el más sorprendente de dichos prodigios fue la televisión, un artilugio capaz de transmitir imágenes a distancia que, si bien fue desarrollado con plenitud en el segundo tercio del siglo XX, cabe atribuir su idea primigenia a un pionero alemán obsesionado por diseccionar escenas y figuras para recomponerlas a larga distancia.

El artífice del primer sistema de la llamada televisión mecánica nació el 22 de agosto de 1860 en Lauenburg, una pintoresca ciudad de Pomerania (Alemania). El nombre completo con el que fue inscrito en el registro civil de su localidad natal fue Paul Julio Gottlieb Nipkow.

Siendo niño ya destacó sobremanera en su instrucción académica, descollando en las materias científicas, por lo que sus padres le animaron a proseguir con su recién nacida vocación. De ese modo, se matriculó en la Escuela Técnica de Neustadt (en el oeste de Prusia), donde realizó estudios de telefonía, experimentando con cuadros móviles.

Asimismo, el brillante joven se interesó por los secretos de la óptica en sus vertientes electrofísica y fisiológica, disciplinas en las que fue instruido por grandes mentores, como Hermann von Helmholtz y Adolf Slaby. En aquellos años causaba sensación el desarrollo de la fototelegrafía, y el inquieto Nipkow no quiso permanecer ajeno a aquella revolución tecnológica. Puso todo su empeño en estudiar las técnicas que, en ese sentido, se venían impulsando desde décadas anteriores a cargo de eminentes investigadores como Bain, Le Blanc, Selencq…

Todos ellos trabajaban con absoluta pasión en culminar una carrera que se entendía vital para la fluidez de las comunicaciones en nuestro planeta. Sin embargo, fue este lúcido estudiante quien daría un paso decisivo. Durante la víspera de Navidad de 1883, Nipkow sintió el toque de una genial intuición que le obligó a sentarse frente a su mesa de trabajo durante horas, con la única iluminación de un candil de aceite. No paró de proyectar sobre el papel ideas confusas acerca de una posibilidad albergada en su mente desde hacía meses. Ésta era poder transmitir, mediante un sistema especial, una imagen a distancia.

Finalmente, el ilusionado y joven científico ideó —esa misma madrugada— un dispositivo analizador de imágenes, que consistía en un disco plano y circular perforado por pequeños agujeros que se hallaban dispuestos en forma de espiral.

Cuando dicho disco giraba con un motor eléctrico, los pequeños orificios pasaban  entre el espectador y la figura seleccionada, de manera que sólo una pequeña porción de la figura era visible en cada momento. Sin embargo, si el disco iba a mayor velocidad, el ojo podía reconstruir una imagen total de la figura. Había nacido el conocido popularmente como disco de Nipkow. Asimismo, este inventor germano elaboró un método innovador, cuya teoría esencial se basaba en transmitir imágenes a distancia, gracias a una célula de selenio, si bien, en aquel tiempo no pudo construir un aparato capaz de transmitir imágenes en movimiento.

No obstante, el mencionado disco de Nipkow había mejorado sensiblemente cualquier intento anterior en la codificación de imágenes para ser transmitidas a distancia, y su creador solicitó en la oficina imperial de patentes, sita en Berlín, el registro de su invento. Una petición que fue aceptada el 15 de enero de 1885 con efecto retroactivo al 6 de enero de 1884. Empero, Nipkow no pudo concretar la realización física de su creación y la patente caducó a los 15 años sin mayor resultado.

En 1900, Constantin Perskyi utilizó, por primera vez, el término televisión. Fue durante la lectura de un discurso en la Exposición Universal de París. Dicha expresión fusionaba la palabra griega tele (distancia) y la latina visio (visión). En el texto, se elogiaban los trabajos de Paul Nipkow y otros pioneros de este flamante medio de comunicación. Años más tarde, tras múltiples avances, el ingeniero escocés John Logie Baird lograba sustituir la primigenia célula de selenio —ideada por el alemán— por una célula fotoeléctrica, capaz, ahora sí, de transmitir imágenes en movimiento.

En 1928, el padre de la televisión pudo al fin contemplar con emoción el funcionamiento de aquel invento imaginado por él 45 años atrás. La llegada de los nazis al poder en Alemania y su constante ensalzamiento de los valores germanos supusieron un acto de reivindicación sobre la paternidad teutona de la incipiente televisión. En 1935, los alemanes inauguraron su primera estación pública de televisión y aprovecharon el evento para nombrar al anciano Paul Nipkow presidente honorario del Consejo de la Televisión. Un año más tarde, los ingleses iniciaban la programación regular de emisiones televisivas, mientras que en Alemania se daba un impulso definitivo con las transmisiones realizadas en los Juegos Olímpicos de Berlín.

La televisión era, a estas alturas, un medio de comunicación imparable, asunto que quedó constatado en 1937, durante la Exposición Universal de París, en la que muchos países se interesaron en emprender sus propias emisiones televisivas.

Paul Nipkow falleció el 24 de agosto de 1940, viendo como su país se sumergía en el abismo de la guerra, aunque gozoso tras comprobar como su sueño estaba a punto de cambiar el mundo. En nuestro país Televisión Española comenzó sus emisiones regulares en 1956.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:31 pm  Dejar un comentario  
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