Vikingos

Published in: on diciembre 28, 2015 at 6:24 pm  Dejar un comentario  
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Nostradamus – 500 Años Después

Published in: on diciembre 28, 2015 at 6:21 pm  Dejar un comentario  
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Blas de Lezo

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Blas de Lezo, el almirante español que humilló a los ingleses

Fue uno de nuestros más brillantes y heroicos almirantes, participó en 22 batallas y expediciones, capturó decenas de buques al enemigo y, su actuación decisiva en 1741 durante la defensa de Cartagena de Indias, posibilitó que España salvaguardara sus rutas marítimas con América 60 años más.

Nacido en Pasajes (Guipúzcoa) el 3 de febrero de 1689, sintió desde bien pequeño la llamada del mar. En 1701, se enroló como guardiamarina en el buque insignia de la flota francesa que dirigía el conde de Toulouse. Tres años más tarde, tuvo oportunidad de recibir su bautismo de fuego en la batalla naval de Vélez- Málaga, donde una bala de cañón le hirió de gravedad teniéndole que amputar sin anestesia su pierna izquierda. Este terrible hecho no le apartó de la Armada y su comportamiento audaz le valió el ascenso a alférez de navío.

Posteriormente, participó en otros capítulos de la Guerra de Sucesión donde se enfrentaban españoles y franceses con ingleses y holandeses. En el sitio de Tolón, una esquirla de cañón le arrebató su ojo izquierdo y, en el segundo asedio de Barcelona producido en 1714, una bala de mosquete le inutilizó el brazo derecho. Todas estas severas mutilaciones originaron que sus hombres le aplicaran diferentes apelativos como Patapalo o Medio hombre, que acompañaron al bravo marino vasco a lo largo de su carrera profesional. En este tiempo, y con menos de 30 años de edad, ya estaba considerado uno de los mejores militares españoles alcanzando la graduación de capitán de navío.

En 1723 recibió la misión de limpiar las costas del Pacífico de piratas y corsarios, tarea que cumplió con eficacia extrema. Dos años más tarde, se enamoró de doña Josefa Pacheco de Bustos, con quien se casó en Lima, Perú. En 1730 regresó a España convertido en general de Marina, para acto seguido asumir el mando de seis navíos con el encargo de reclamar a la República genovesa dos millones de pesos pertenecientes a la corona española. No sólo consiguió la preciada fortuna, sino que también obligó a los italianos a rendir homenaje a la bandera española so pena de ser cañoneados desde el mar.

En 1732 capitaneó la expedición militar que reconquistó la perdida ciudad de Orán. Y, en ese sentido, cabe ser mencionada su intrépida persecución sobre el buque insignia del pirata argelino Bay Hassan, quien buscó refugio en la bahía de Mostagán. Despreciando el peligro, Blas de Lezo y sus buques entraron a fuego sobre las defensas piratas logrando una gran victoria con el hundimiento del buque berberisco.

Pero es sin duda su magnífica defensa de Cartagena de Indias (Colombia) lo que le inmortalizó para los anales de nuestra historia naval. En 1737, fue nombrado Comandante General de aquella plaza, centro neurálgico de la presencia española en América. En 1739 estalló el conflicto bélico entre Inglaterra y España conocido como  la guerra de “la oreja de Jenkins”. Las pretensiones inglesas pasaban por asestar un golpe definitivo y humillante a los españoles arrebatándoles puntos clave de sus posesiones americanas. Para ello abastecieron la flota más impresionante jamás vista, muy por encima de la Armada Invencible que Felipe II había enviado contra Inglaterra en 1588. La expedición punitiva británica estaba integrada por 186 buques de guerra y transporte en los que se distribuían 10.000 tropas de asalto, 12.600 marineros y 1.000 macheteros jamaicanos. Estos efectivos estaban apoyados por 2.620 piezas de artillería. Frente a ello, Blas de Lezo apenas contaba con 2.230 soldados del ejército más 600 arqueros indios traídos del interior.

Durante 67 días, los españoles aguantaron el cañoneo incesante de los buques  ingleses dirigidos por el almirante Vernon. Rechazaron el ataque terrestre ocasionando innumerables bajas al enemigo, hasta que, finalmente, su tenacidad y la excelente dirección de don Blas hicieron retroceder la ofensiva inglesa ocasionando su retirada  de aquel escenario. La derrota se digirió mal en Londres, donde en principio creyeron que su ejército había obtenido una resonante victoria. El propio rey Jorge II ordenó que no se escribiera nada sobre lo acontecido con el consiguiente e injusto soterramiento  histórico.

Por su parte, Blas de Lezo quedó maltrecho tras los combates muriendo poco después en un incomprensible y poco honroso olvido, aunque a título póstumo se le otorgó el marquesado de Ovieco. Hoy en día ni siquiera sabemos dónde se hayan sus restos mortales y eso que su éxito propició que España mantuviera más de 60 años intacta su actividad marítima y comercial con las colonias americanas. No obstante la memoria de este indiscutible lobo de mar quedó representada en diferentes navíos como la fragata del tipo F-100 que en la actualidad lleva su nombre.

Published in: on diciembre 28, 2015 at 6:11 pm  Dejar un comentario  
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Catalina de Erauso

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Catalina de Erauso, la monja alférez

Esta es la historia de una de las mujeres más controvertidas que llegaron al Nuevo Mundo en un tiempo de conquistadores y pendencieros a los que no les importaba dejar sus vidas en el fútil empeño de aumentar riquezas y hacienda.

Disfrazada de hombre, transgredió las rígidas normas establecidas y consiguió para sí una merecida leyenda que la convirtió en una de las primeras aventureras europeas que llegaron a los vírgenes territorios americanos.

Nació en 1592 en San Sebastián (Guipúzcoa) y era hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, un matrimonio acomodado que no hubiese pasado a la crónica de lo insólito de no ser por su díscola descendiente.

La pequeña no tuvo muchas oportunidades en cuanto a su educación, dado que fue internada cuando sólo tenía cuatro años en un convento cuya priora era su tía carnal. De ese modo, nuestra protagonista fue creciendo entre oraciones y hábitos hasta que a la edad de 15 años su corazón libre le empujó a escaparse de aquel recinto sagrado tras haberse peleado con una novicia.

Por entonces, el aspecto físico de la forzosa monja no daba a entender que tras sus ropajes se pudiera encontrar mujer alguna. Era poco agraciada, de gran altura para aquella época y sin formas femeninas, e incluso ella misma presumía de haber utilizado una receta secreta con la que conseguía secar sus pechos.

Durante meses deambuló por el país vestida como un labriego, desempeñando oficios exclusivos del género masculino, hasta que llegó a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde se pertrechaban buques con destino a las Indias. Catalina consiguió un empleo de grumete en uno de esos barcos, para lo que utilizó uno de tantos nombres falsos de los que aparecen en su biografía: Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán, Pedro de Orive, Francisco de Loyola o Antonio de Erauso.

Una vez que su nave arribó a las costas de América, obtuvo trabajo como mancebo de un comerciante y, más tarde, se la pudo ver ayudando a un funcionario. En todo caso, las aburridas tareas no suplían la necesidad de emociones fuertes que anhelaba la vasca y, al poco, se enroló como soldado en las unidades reales que combatían a los indios araucanos por el norte de Chile. Su valor temerario en la lucha y la destreza  que demostraba con las armas la destacaron en decenas de refriegas y, por méritos propios, fue ascendida al grado de alférez.

Pero Catalina tenía algunos defectos que la comprometieron en diversas ocasiones. Su adicción al juego y su inclinación a la violencia le hicieron formar parte de broncas, algarabías y duelos a muerte de los que siempre salió indemne, quitando en cambio la vida a varios oponentes.

Lo más trágico para ella aconteció cuando, en 1615, un amigo le pidió que fuera su padrino en un lance que se iba a celebrar para salvar su honor. Como quiera que los dos oponentes quedaron heridos tras el primer intercambio de mandobles, los padrinos, cumpliendo con el protocolo, se vieron obligados a continuar con el desafío. Catalina desenvainó y, con fiereza, arremetió contra su rival, hiriéndole de muerte. Éste, viéndose moribundo, dijo su nombre en voz alta, descubriéndose que era su hermano Miguel de Erauso. Sin ningún tipo de remordimiento por ese hecho, Catalina volvió a huir, dando tumbos por buena parte de la geografía americana.

En 1624, cuando participaba en una de sus habituales pendencias por el amor de una mujer o por deudas contraídas en el juego de naipes, recibió una terrible herida que le hizo pensar en su inminente óbito. Fue entonces cuando quiso confesarse ante un obispo y desvelarle su verdadera condición femenina, explicándole que, en origen, había sido monja. Nunca sabremos si reveló su más íntimo secreto para ponerse a  bien con Dios o para escapar de la más que segura pena capital por sus crímenes. Lo cierto es que el clérigo se compadeció y la amparó bajo su protección, aunque la hicieron pasar, eso sí, por un riguroso examen médico a cargo de unas matronas de confianza. Éstas no sólo confirmaron que era mujer, sino que también era virgen, y la noticia se extendió como la pólvora.

Pronto, la historia de la antigua novicia reconvertida a militar bravucón recorrió las latitudes americanas y europeas. Así, precedida por su fama, Catalina llegó a España  el 1 de noviembre de 1624. El propio rey Felipe IV la recibió en audiencia personal y la ratificó en el grado de alférez, concediéndole una pensión anual de 800 escudos por  los servicios que había prestado a la corona española. Posteriormente, viajó a Roma para entrevistarse con el papa Urbano VIII, quien la autorizó a seguir usando sus atuendos masculinos.

Durante algunos años vivió en Madrid, pero la necesidad de nuevos avatares le impulsó a regresar a América, donde había experimentado sus más intensas pasiones. Y es aquí donde la bruma de lo épico confunde la realidad. Unos dicen que murió ahogada desembarcando en el mexicano puerto de Veracruz en 1635, mientras que otros creen que se transformó en arriera y que de esa guisa vivió hasta su fallecimiento en Cuitlaxtla, localidad cercana a Puebla (México), en 1650.

Sea como fuere, sabemos que existió gracias a un manuscrito supuestamente dictado por ella y que se encuentra en el archivo de Indias con el título “El memorial de los méritos y servicios del alférez Erauso”. Además, contamos con un cuadro pintado por Pacheco en 1630 en el que podemos ver a la monja alférez en todo su esplendor masculino.

Published in: on diciembre 28, 2015 at 6:05 pm  Dejar un comentario  
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María Estuardo

María Estuardo

María Estuardo, la bella desdichada reina de Escocia

Toda su vida estuvo marcada por intrigas palaciegas, apasionados amoríos y traiciones sin fin. María Estuardo se vio envuelta en una cruel guerra entre católicos y protestantes en la Gran Bretaña del siglo XVI.

La reina escocesa murió decapitada cuando tenía 44 años.

Mujer de singular belleza, encarnó a la perfección el papel de abnegada monarca víctima de los acontecimientos que marcaron el destino de su Escocia natal. Las cruciales circunstancias políticas que la rodearon hicieron de ella un símbolo de la lucha entre católicos y protestantes por el poder absoluto en Gran Bretaña.

Nacida el 8 de diciembre de 1542 en Linlithgow (Escocia), fue la única hija superviviente habida en el matrimonio formado por el rey escocés Jacobo V y la noble francesa María de Lorena. De inmediato, el infortunio hizo acto de presencia en la vida de la pequeña María, dado que sólo seis días más tarde de su nacimiento, su padre falleció dejándole la inesperada responsabilidad de la corona.

A los pocos meses, fue proclamada reina de Escocia y, para mayor seguridad del reino, quedó prometida a Eduardo VI, hijo del rey inglés Enrique VIII. Estos protocolos nupciales fueron denunciados por buena parte de la nobleza escocesa, que no veía   con agrado una hipotética unificación de los dos estados. La ruptura del acuerdo desató la ira de los ingleses con la consiguiente invasión del norte de la isla a cargo de tropas enviadas por Enrique VIII. La guerra se generalizó y los escoceses solicitaron la ayuda de su aliado francés. En julio de 1548, una escuadra francesa sacaba a María   de Escocia para conducirla a Francia bajo la promesa de una futura unión matrimonial con Francisco, heredero al trono del país galo. La reina niña quedó amparada por los Valois en una corte parisina donde recibió una refinada instrucción académica.

En abril de 1558 contrajo nupcias con el delfín Francisco en la catedral de Notre Dame. Sin embargo, al año siguiente de esta celebración se concatenaron diversos acontecimientos que ensombrecieron el destino de la joven soberana. Las muertes de su madre, del rey francés Enrique II y, finalmente, de su marido, dejaron a la Estuardo en una posición tan comprometida como angustiosa, con lo que optó por regresar a su tierra.

El 19 de agosto de 1561 desembarcaba en Escocia a la espera de acontecimientos. Lo cierto es que la casi totalidad de la aristocracia católica en Gran Bretaña se sentía oprimida por su gobierno y veía con ilusión la llegada de María, en cuya figura representaban la legítima reina que uniría ingleses y escoceses en detrimento de su prima Isabel I, una anglicana convencida en la promesa de erradicar el catolicismo.

En 1565 llegó un segundo matrimonio para María. El elegido fue su primo hermano Lord Darnley, hombre de intenso atractivo, por lo que muchos le consideraron el hombre más guapo de Europa. No obstante, Darnley reunía escasas virtudes para ser consorte de una reina; era ambicioso, borrachín, arrogante y promiscuo, lo que le procuró una leyenda negra de la que María hizo caso omiso durante algún tiempo, acaso porque estaba más ocupada en recibir las atenciones de un apuesto italiano, David Riccio.

Sea como fuere, los enemigos de la casa Estuardo se conjuraron una vez más. El 9 de marzo de 1566, un grupo de nobles desafectos entró en las estancias palatinas donde cenaban la reina y su secretario para asesinar a éste mediante 56 puñaladas. Acto seguido, apresaron a la soberana en el castillo de Hollyrodhouse, fortaleza de la que logró escapar unos días más tarde gracias a la ayuda de su esposo. Fue un momento de cierta zozobra, pues María se encontraba embarazada de cinco meses y la pérdida de un posible heredero sería fatal para los intereses de Escocia. Empero, el niño nació semanas más tarde recibiendo el nombre de Jacobo, futuro rey de Escocia e Inglaterra.

En 1567, Lord Darnley murió en extrañas circunstancias. Ese mismo año la reina trabó relación sentimental con el protestante James Hepburn, conde de Bothwell, con el que se casó sin que pudiera evitar con ello una sublevación general en Escocia instigada por la aristocracia de mayoría protestante. María, tras ser derrotada en la batalla de Langside, abdicó en su hijo Jacobo VI, para luego huir incomprensiblemente a Inglaterra, donde solicitó la protección de Isabel I. La reina virgen, perpleja por la insólita petición de su mayor rival, se limitó a trasladarla de un castillo a otro durante años, tiempo suficiente para reunir pruebas acusatorias en las que se demostraba la implicación de María en conspiraciones que pretendían derribar el trono inglés en beneficio de la escocesa.

El 8 de febrero de 1587, María Estuardo, después de un dudoso proceso judicial, fue decapitada ante la desesperación del mundo católico que veía esfumarse con este acto su aspiración de recuperar el poder religioso y político en Inglaterra.

Published in: on diciembre 28, 2015 at 5:58 pm  Dejar un comentario  
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Tras las reliquias del rey Arturo

Stonehenge

Published in: on diciembre 27, 2015 at 7:02 pm  Dejar un comentario  
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La princesa de Éboli

Eboli

La princesa de Éboli, la noble que se enfrentó a Santa Teresa de Jesús

Una leyenda negra discurre en paralelo a la vida de Ana de Mendoza, princesa de Éboli. Pese a su fama de conspiradora, jamás compartió lecho con Felipe II y se mantuvo fiel a su marido don Ruy Gómez de Silva.

Murió en 1592 y acabó sus días recluida y tomada por loca.

Mujer de alterado comportamiento, fue testigo de alguno de los capítulos esenciales de nuestro siglo XVI. Conspiradora y pendenciera, se enemistó profundamente con personajes tan relevantes como el rey Felipe II o la mismísima Santa Teresa de Jesús.

Nacida en la localidad de Cifuentes (Guadalajara) en junio de 1540, era unigénita de don Diego Hurtado de Mendoza, y de doña Catalina de Silva. Por tanto, la pequeña Ana pertenecía a la nobleza de más alta alcurnia española.

No obstante, su crianza en compañía de los padres no fue benévola dados los constantes enfrentamientos de los que sus progenitores hicieron vergonzosa gala a lo largo de los años.

En 1553, la prometieron en matrimonio con don Ruy Gómez de Silva, noble de origen portugués y con clara ascendencia sobre el príncipe Felipe, quien lo consideraba uno de sus más leales servidores. La boda se concertó para dos años más tarde. Con esta unión, la familia Mendoza aseguraba su influencia en la corte y el futuro Felipe II unía a su favorito con la mejor nobleza del país al que iba a gobernar.

En los cinco años siguientes, don Ruy se mantuvo fuera de España en diferentes misiones que le llevaron a Inglaterra o Flandes. El matrimonio se celebró en Zaragoza sin la presencia del novio, recibiendo doña Ana una espléndida dote otorgada por su progenitor que por entonces ostentaba el cargo de virrey en Aragón. En esta época, la joven se instaló en la corte vallisoletana donde se prodigó en múltiples fiestas y actos públicos constituyendo centro de atención por su belleza y posición social.

En 1557, don Ruy regresó a España un breve tiempo, suficiente para dejar embarazada a su esposa que dio a luz unos meses más tarde en medio de la desolación producida por la fuga de su padre con una doncella de la corte. Este escandaloso asunto destrozó la familia Mendoza, pues don Diego desmanteló su casa dejando a su mujer e hija prácticamente en la ruina y abandonadas a su suerte en la fortaleza de Simancas.

En 1559, don Ruy volvió a España para recibir, gracias a su buen trabajo, el título de príncipe de Éboli que compartió gustoso con su mujer durante los 14 años más que se prolongó su matrimonio. En este periodo nacieron otros diez hijos, de los que cinco alcanzaron la edad adulta.

En cuanto a la leyenda negra que se cernió sobre la princesa, cabe mencionar que está injustificada su presunta relación amorosa con Felipe II. Lo que sabemos es que esta indómita mujer era profundamente celosa de su marido al que amó hasta el fallecimiento del mismo en 1573. Previamente, habían adquirido el señorío de Pastrana (Guadalajara) dispuestos a engrandecerlo, por lo que el soberano concedió a don Ruy el título de duque de Pastrana.

Doña Ana, feliz con esta noticia, dado que esa tierra había pertenecido a su querida abuela, mandó llamar a la monja Teresa de Ávila con el fin de fundar dos conventos carmelitas en la localidad. Las discrepancias no tardaron en aflorar entre estas dos enérgicas féminas y, al poco, la posterior Santa salió con cajas destempladas de la ciudad, mientras su oponente intentaba ridiculizarla contado los secretos que Teresa había reflejado en su Libro de la Vida, motivo por el cual el texto fue incautado por la Santa Inquisición evitando que se publicase durante diez años.

Sobre el famoso parche que cubría uno de sus ojos, circulan diferentes versiones: unos afirman que perdió el globo ocular en un duelo de espadas, aunque los más se inclinan porque la princesa tuviera algún defecto en la mirada queriéndolo ocultar de esa forma.

También se ha dicho que fue amante de Antonio Pérez, secretario real de Felipe II,  con el que conspiró abiertamente para entroncar su linaje con la monarquía portuguesa, traicionando así las aspiraciones españolas de unión con el país luso. Este capítulo dejó en su estela el cadáver de Juan de Escobedo —secretario personal de Juan de Austria— quien al parecer descubrió toda la trama de intrigas y conspiración. Felipe II ordenó la detención de los dos conjurados recluyendo a doña Ana, bajo custodia militar, en la torre de Pinto (Madrid), y seis meses más tarde, se le permitió el traslado al castillo de Santorcaz donde pudo recibir la visita de su numerosa prole.

Finalmente, obtuvo permiso para acomodarse en su señorío de Pastrana con movimientos limitados. Sin embargo, la princesa, desatendiendo consejos, regresó a su vida ostentosa y extravagante y, al poco, el rey, harto de tanta excentricidad, nombró un administrador para el patrimonio del ducado declarando demente a doña Ana, quien desde entonces vivió en una zona restringida del palacio ducal hasta su muerte por enfermedad en 1592.

Published in: on diciembre 27, 2015 at 6:37 pm  Dejar un comentario  
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Catalina de Medici

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Catalina de Medici, una fría despiadada reina de Francia

Hija de Lorenzo II de Medici, nació en Florencia. Su tío, el papa Clemente VII, concertó su matrimonio con el futuro rey de Francia, Enrique II.

Tras la muerte de éste y la de su primogénito, se convirtió en regente del pequeño Carlos IX, gobernando el país galo con mano de hierro.

Durante más de 30 años marcó la política francesa del siglo XVI. Esposa de Enrique II, fue madre de cinco reyes y reinas, mientras superaba grandes crisis de gobierno provocadas por los desencuentros religiosos. Con ella y su descendencia directa se agotó la línea sucesoria de los Valois, dando paso a la hegemonía borbónica en el país galo.

Catalina María Rómula de Medici vino al mundo en Florencia el 13 de abril de 1519. A edad temprana sufrió orfandad por las muertes, casi consecutivas, de sus padres, el italiano Lorenzo II de Medici y la francesa Madeleine de la Tour d’Auvergne, por lo que quedó bajo el amparo del papa León X. Éste la entregó al cuidado de diferentes parientes, quienes instruyeron a la pequeña como una refinada dama, apta para ser moneda de cambio en cualquier acuerdo matrimonial.

En 1527 los Medici fueron expulsados de la capital toscana, motivo por el que Catalina fue recluida en conventos, donde las monjas terminaron de esculpirle una  personalidad dispuesta para asumir la razón de Estado en cualquiera de sus capítulos por azarosos que fuesen.

En 1530, su tío, el recién proclamado papa Clemente VII, concertó para ella un calculado matrimonio con Enrique, duque de Orleáns y segundo filogenético del rey francés Francisco I. La única condición que puso el Sumo Pontífice fue que la joven heredera renunciase a sus pretensiones dinásticas sobre Florencia, a cambio recibiría 100.000 escudos como dote y un futuro poco halagüeño en la corte francesa.

El 28 de octubre de 1533 se celebró la boda con una Catalina de rostro triste, pues para entonces la italiana ya había constatado cómo su flamante esposo exhibía sin pudor una fogosa relación sentimental con la bella cortesana Diana de Poitiers. Esta sonora infidelidad conyugal no impidió que Catalina quedase en cinta en 11 ocasiones. De todos sus hijos nacidos, siete llegaron a la edad adulta y cinco de ellos lograron reinar.

Tras los óbitos, primero del delfín Francisco y, más tarde, del propio monarca galo, Enrique II fue ungido rey de Francia en 1547. Hasta entonces Catalina había sido un modelo de virtud y prudencia, ocupada en cuestiones culturales y poco más. Sin embargo, su coronación regia la confirmó de inmediato como una figura preparada para el gobierno. Pero la desgracia acudió una vez más a su cita con la imperturbable Medici. Tal y como habían vaticinado algunos videntes de la soberana, incluido su médico y astrólogo personal Nostradamus, el rey moría en 1559, víctima de las heridas producidas en un torneo de entretenimiento.

Este suceso desató los acontecimientos en Francia, y el primogénito de Enrique, Francisco II, se colocaba la corona un breve tiempo para cederla a su muerte – acontecida 18 meses después– a su hermano Carlos IX, un niño de apenas 10 años que, como es lógico, fue convenientemente dirigido por su ambiciosa madre.

En estos años, Francia mantenía una posición delicada en el concierto europeo, aunque el matrimonio entre Isabel de Valois –la hija mayor de Catalina– y Felipe II de España había sosegado bastante las relaciones entre las dos potencias.

Asimismo, en el terreno interno la reina trataba de entenderse por igual con católicos y protestantes, siempre dispuestos al enfrentamiento bélico. Pero no pudo impedir que una devastadora guerra religiosa estallase en Francia, cuyo punto más álgido aconteció el 24 de agosto de 1572, en la renombrada Noche de San Bartolomé. Miles de hugonotes (calvinistas) fueron asesinados por los católicos con una clara permisividad real, justo cuando se realizaban los esponsales que unían a Enrique III de Navarra y a Margarita, otra de las hijas de Catalina.

Precisamente, este borbón navarro de confesión protestante sería uno de los pocos supervivientes hugonotes de aquella pésima jornada y por mor del destino acabaría coronado, tras su conversión al catolicismo, como Enrique IV de Francia.

Durante este convulso periodo, Catalina mantuvo con mano de hierro su gobierno sin descuidar su vocación de mecenas: instituyó el considerado primer ballet de la Historia y mandaba construir castillos y palacios, como el parisino de Las Tullerías.

Finalmente, contempló como otro de sus hijos varones ocupaba el trono francés bajo el nombre de Enrique III. Este último representante de la casa Valois era estéril, por lo que la línea de sucesión quedó finiquitada en beneficio de los borbones.

Catalina, reina moderna, además de hábil y maquiavélica estratega política, falleció el 5 de enero de 1589 en el castillo de Blois (Francia).

Published in: on diciembre 27, 2015 at 6:32 pm  Dejar un comentario  
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Francisco de Orellana

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Francisco de Orellana, el valiente explorador del río Amazonas

Nació en Trujillo (Cáceres) en 1511. Formó parte de las huestes de su primo Francisco Pizarro. Fue el primer hombre que cruzó el continente americano navegando por el Amazonas, en 1542.

Sorteó todo tipo de peligros: enfermedades, hambrunas ataques indígenas.

Pariente del conquistador Francisco Pizarro, fue el primer europeo que navegó por las aguas del inmenso río Amazonas, uno de los más largos y caudalosos del planeta Tierra. Su hazaña se inscribe en los capítulos más épicos de la peripecia humana, si bien su prematura muerte le impidió disfrutar de los laureles de su empresa.

Nacido en Trujillo (Cáceres) en 1511, viajó siendo adolescente al Nuevo Mundo, donde se alistó en numerosas misiones exploratorias. En 1533 se trasladó a Perú para integrarse en las huestes de su primo Francisco Pizarro. Participó en algunas batallas, como la de Puerto Viejo, donde tras una refriega con los indios perdió un ojo.

Asimismo, luchó en el bando pizarrista frente a la facción liderada por Diego de Almagro en la primera guerra civil entre españoles librada en América. Tras una clamorosa victoria, un agradecido Pizarro concedió al valeroso Orellana el territorio de Culata (actual Ecuador), donde se instaló como un rico colono.

En 1540, Quito —futura capital ecuatoriana— fue abandonada por su fundador, Sebastián de Belalcázar. Dispuesto a ocupar su lugar llegó Gonzalo Pizarro, quien tenía además la misión concreta de localizar el país de la Canela y, de paso, Eldorado. En ambos casos, los españoles se fiaron de las abundantes narraciones autóctonas sobre lugares colmados de especias y de oro. Todo esto provocó entre los conquistadores cierta ansiedad por apropiarse del presunto botín y de la gloria que  eso supondría.

Enterado Orellana, acudió a Quito y ofreció sus servicios al más pendenciero de los hermanos Pizarro. Juntos iniciaron una ambiciosa expedición que, tras múltiples y penosos avatares, tuvo que separarse en dos grupos para recabar provisiones que les permitieran proseguir la arriesgada gesta.

Orellana, al mando de 60 famélicos aventureros, fue enviado por don Gonzalo a surcar las aguas fluviales de la zona, rumbo a un destino en el que los indígenas aseguraban la existencia de tesoros y manjares. Lo cierto es que dicho vergel no apareció jamás. En cambio, sí llegaron las enfermedades, los ataques indígenas y la hambruna, solventada en una mínima parte gracias al descubrimiento de algunos poblados nativos, que surtieron a los expedicionarios de suficiente intendencia como para pensar en sostener el viaje algún tiempo más.

El 12 febrero de 1542 dos navíos capitaneados por Orellana entraron en el Amazonas, surcando sus aguas durante semanas y enfrentándose a los variados peligros con los que se iban encontrando. Era frecuente ver nativos gritándoles desde las orillas o desde canoas que se acercaban para lanzar las temibles flechas envenenadas que tantos muertos causaron en la tripulación española. Finalmente, el sábado 3 de junio de 1542 los españoles percibieron cómo una fuerza extraña les impelía hacia un lugar concreto; habían contactado con el poderoso río Negro.

Cinco días después pudieron descansar dejando atrás la desembocadura del Madeira en el Amazonas y, poco después, la del Tapajoz. Pero se reanudaron los ataques indios y esta vez con absoluta virulencia. Las flechas envenenadas surcaron los aires para clavarse en la madera de los bergantines o en los cuerpos de los aventureros. Estos se percataron de que, entre los atacantes, había mujeres guerreras que les disparaban saetas con gran precisión y que los cronistas identificaron con las amazonas, célebres luchadoras griegas que darían el nombre por el que hoy conocemos a este majestuoso río americano.

Al fin, los maltrechos buques recibieron los primeros síntomas de las mareas  atlánticas, internándose en el océano el 24 de agosto de 1542. Casi tres semanas más tarde, llegaron de forma milagrosa a los territorios de Nueva Cádiz (actual Venezuela).

Concluida la proeza que suponía haber sido el primer hombre que cruzó el continente americano navegando por el Amazonas, Orellana viajó a España para reivindicar su gloria. El Consejo de Indias le concedió el título de Adelantado de Nueva Andalucía, nombre designado para las latitudes exploradas por el extremeño. Así, en mayo de 1545 el flamante gobernador salió de Sanlúcar al mando de una gran flota dispuesto a tomar posesión de su cargo. Le acompañaban su mujer, Ana de Ayala, y muchos colonos dispuestos a radicarse en aquella tierra de promisión.

Orellana tenía intención de hacer el camino inverso; es decir, penetrar por la desembocadura del Amazonas y remontar el río. Pero la empresa fracasó, nadie sobrevivió y las riberas salvajes del río se fueron tragando poco a poco a los pioneros. Enfermo y perdido, murió en el interior del Amazonas en noviembre de 1546. Tenía  35 años, aunque su brillante expediente explorador le supuso un lugar de honor en la epopeya americana.

Published in: on diciembre 27, 2015 at 6:20 pm  Dejar un comentario  
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