Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt, la diosa de la escena

Estrella. Considerada la más grande actriz de su época, la francesa exhibió una personalidad extravagante para alimentar su leyenda. Adicta al derroche y a los amantes, se arruinó varias veces.

El célebre autor Mark Twain afirmó de forma categórica que existían cinco tipos de actrices: las buenas, las malas, las regulares, las  grandes y Sarah Bernhardt. El excéntrico Oscar Wilde escribió su obra Salomé inspirado por ella, e incluso Sigmund Freud situó un retrato suyo en la entrada de su consulta para recibir a sus atormentados pacientes. Considerada la mejor actriz teatral de todos los tiempos, Sarah nació el 22 de octubre de 1845 en un París prerrevolucionario lleno de luz y esperanza en el futuro. Su madre, Julia van Hard, una cortesana venida a menos de origen holandés, fue abandonada por el padre, Edouard Bernhardt, un joven francés estudiante de Derecho, quien se desentendió de la pequeña Sarah Rosine Marie Henriette. Por fortuna para ella, intercedió el duque de Morny, uno de los tantos amantes en los que se refugió la desolada progenitora de la futura estrella.

Siendo niña recibió educación en un convento para posteriormente pasar a engrosar la lista de estudiantes que se preparaban en el Conservatorio de París. Al poco tiempo,   la intuición de su preceptor aristócrata no se vio defraudada, y la muchacha consiguió graduarse con un segundo premio en interpretación de comedia y tragedia. Bien es cierto que su arranque en el mundo escénico no recibió los suficientes aplausos. Sí en cambio, consiguió que la mirada del príncipe belga Henri de Ligne se posase sobre  ella. Fue un amor intenso, pasional y fruto de él nació Maurice, el único hijo que tuvo Sarah, quien, por cierto, estuvo a punto de retirarse al pensar que había encontrado  su príncipe azul. Sin embargo, la familia de éste evitó cualquier unión, y la francesa tuvo que regresar a los escenarios para, ahora sí, triunfar en 1869 encarnando un personaje masculino en la obra Le passant, de Racine. El éxito comenzó a llamar a su puerta con insistencia y, tres años más tarde, era solicitada por la Comédie Française, principal compañía teatral del país galo. Nuestro personaje crecía profesionalmente  con cada representación, con cada éxito, con cada crítica.

En 1880 fundó su propia compañía y con ella se lanzó a la conquista del mundo. Visitó, en agotadoras giras, casi todos los continentes con una fama que desde luego la precedía. Fue una pionera en la concepción del estrellato mediático. Acuñó una merecidísima aureola excéntrica que la acompañó desde entonces: viajaba con decenas de baúles, cientos de trajes maravillosos, cajas del mejor champaña francés y todo un zoológico compuesto por perros, camaleones, leopardos, pumas, caimanes… Incluso llegó a generar una imagen cuasi mística por su forma inigualable de morir en los escenarios. Decían que “nadie fallece mejor que la Bernhardt”.

Asimismo, llegó a poseer un ataúd forrado de terciopelo en el que guardaba las cartas de sus admiradores y en ocasiones lo utilizaba como lecho dejándose fotografiar en él para mayor auge de su leyenda inmortal. En aquel tiempo de decadencia victoriana, fue considerada la más glamourosa y poco le importaba si su talento quedaba un tanto relegado por su extravagancia. En este sentido, cabe mencionar que la divina Sarah poseía una declamación prodigiosa realzada por su cristalina “voz de oro”.

Nadie interpretó mejor que ella a Marguerite Gautier, personaje protagonista de La Dama de las Camelias, una obra de Alejandro Dumas, hijo, el cual era amigo personal de la Bernhardt, como tantos de la mejor intelectualidad del momento.

Aunque tuvo innumerables amantes, sólo contrajo matrimonio, en 1882, con Jacques Damala, pero su espíritu era demasiado libre y a los pocos meses la relación culminó en fracaso. La divina Bernhardt se enriqueció económicamente tantas veces como la ruina se apoderó de sus arcas. Empero, su fuerte personalidad y su búsqueda de la perfección interpretativa absoluta siempre la empujaron a emprender nuevas aventuras. Dirigió diversos teatros parisinos alcanzando el mérito de ser una consumada especialista en las obras shakespearianas. Ella misma asumió los papeles que el dramaturgo inglés había creado para protagonistas masculinos y, según las crónicas, pocos se podían equiparar a su espectacular puesta en escena. En 1900 se sumó con gusto a las nuevas experiencias cinematográficas siendo de las primeras actrices en entender la proyección universal que tendría el séptimo arte. En una ocasión dijo tras ver su imagen en la gran pantalla: “Lo he conseguido, por fin soy inmortal”. Esa dimensión pretendida siguió engrandeciéndose gracias a otras facultades artísticas como la literatura, la escultura o la pintura. También participó en numerosas campañas publicitarias de la época, de ese modo pudo verse su figura anunciando maquillajes, tabacos, perfumes…. Y, al igual que en los tiempos actuales, fue difamada por antiguas compañeras que en algún caso llegaron a escribir libros sobre aquella diosa de la escena. La Bernhardt siempre escuchó con fingido desdén estas calumnias y las aprovechó para seguir incrementando su inmejorable currículo.

En 1905, mientras interpretaba a la protagonista de Tosca, sufrió un percance que lesionó una de sus piernas. Diez años más tarde, el sufrimiento provocado por la herida era de tal magnitud que tuvieron que amputarle ese miembro, por el que alguien llegó a ofrecer 10.000 dólares. Pero lejos del abatimiento siguió en el teatro hasta su fallecimiento en París el 23 de marzo de 1923. Su entierro fue tan apoteósico como su vida: 150.000 franceses la escoltaron hasta el cementerio de Père Lachaise donde por fin descansó. Atrás quedaban años de gloria en los que estrenó más de 150 obras con miles de representaciones y distinciones como la Legión de Honor de Francia.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:36 pm  Dejar un comentario  
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