Dian Fossey

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Dian Fossey, la amiga de los gorilas

Pionera. Sus investigaciones de los gorilas del África ecuatorial se confirmaron fundamentales para la conservación de estos simios casi extinguidos. Su obra más conocida: “Gorilas en la niebla”.

Nacida en San Francisco en 1932, tuvo una infancia desgraciada por la separación de sus padres cuando ella contaba apenas tres años de edad. La unión de su madre a una nueva pareja no mejoró, más bien al contrario, la situación familiar de Dian. Su padrastro le proporcionó un maltrato psicológico que, lejos de debilitarla, la impulsó a estudiar con más tesón en el intento de huir de esa injusta situación.

En 1954, obtuvo la licenciatura en terapia ocupacional por el San Jose State College, consiguiendo desarrollar su especialidad en el Kosair Children’s Hospital de Kentucky, donde existía una importante área en la que se investigaban modernas técnicas de trabajo con niños de educación especial.

Desde su llegada al centro se entregó por entero al cuidado de los niños discapacitados psíquicos, quienes parecían haberla escogido como principal compañera de juegos y comunicación. Sus métodos gestuales consiguieron mayor cercanía de lo habitual con estos críos tan necesitados de afecto  y, pronto, sus compañeros de trabajo coincidieron en que Dian parecía haber nacido para esta forma tan hermosa de enseñanza.

Sin embargo, el destino quiso que en 1960 cayera en sus manos el libro escrito por el afamado zoólogo George B. Schaller, primer texto especializado en gorilas de montaña. En sus páginas, además de extensas narraciones sobre el hábitat y comportamiento de estos grandes simios, se arrojaban cifras catastróficas sobre su censo. En efecto, según el recuento de Schaller apenas quedaban 500 ejemplares en una zona de África Central jalonada por ocho volcanes situados entre el Congo, Uganda y Ruanda. Y lo peor estaba por llegar, dado que la moda de coleccionar cabezas, manos y pies de estos primates estaba provocando una matanza indiscriminada a cargo de furtivos amparados por corruptos gobiernos locales.

Fossey sintió la llamada de la naturaleza y, en i963, viajó al continente negro con más emoción que conocimientos, dispuesta a luchar por la preservación de aquella especie tan amenazada. Contactó con el célebre antropólogo Louis Leakey, quien tras algunas reticencias consintió que Dian permaneciera en la zona con la intención de censar las últimas colonias de gorilas. De ese modo, en i967 la Fossey llegó a la majestuosa montaña de Virunga, ubicando su campamento base en Karisoke, donde permaneció varias semanas hasta poder localizar el primer grupo de gorilas. Según su propia descripción, aquel momento único y lleno de magia fue lo más impactante acontecido en su vida.

Lo cierto es que los primeros encuentros entre la científica y sus nuevos amigos fueron de lo más aparatoso: desconfianza, persecuciones, gruñidos…, pero su formación académica, su lenguaje gestual y, sobre todo una infinita paciencia consiguieron poco a poco el beneplácito de los simios, llegando incluso a poder relacionarse con ellos, en especial con Digit, un hermoso ejemplar macho de lomos plateados con el que trabó auténtica complicidad. Durante años Dian exploró aquel maravilloso vergel volcánico contabilizando 220 gorilas de montaña distribuidos en varios núcleos.

En 1974 recibió por su trabajo el doctorado en zoología por la universidad de Cambridge. Todo hacía ver que se transitaba por buen camino en el anhelo de  proteger a estos parientes lejanos del ser humano. Empero, aquellos gozosos avances se vieron truncados cuando los cazadores furtivos se adentraron nuevamente en el territorio de Virunga. Digit murió en una de estas masacres, lo que desató la furia incontrolada de la zoóloga. Llena de rabia, mantuvo entrevistas con las autoridades de la zona, tendió trampas a los furtivos y los persiguió denodadamente en compañía de algunos malpagados guardas forestales. Mientras tanto, sus reportajes publicados en la revista National Geographic empezaron a concienciar a miles de personas, las cuales, en un capítulo de sensibilización sin precedentes, iniciaron campañas para promover la protección de los cada vez más escasos gorilas de montaña. Se crearon fundaciones como la Digit Fundation o el Karisoke Research Center. Aquel sueño quimérico tomaba forma real con Dian Fossey convertida en adalid de una causa más que justa.

En 1983, publicaba el libro Trece años con los gorilas de montaña, conocido popularmente como Gorilas en la niebla, donde se explicaban sus experiencias en las brumosas montañas africanas y su contacto con los primates. Esta obra literaria de imperecedero recuerdo sirvió junto a otras de similares características para desmitificar el carácter agresivo y carnívoro atribuido, desde tiempos ancestrales, a los casi fantasmagóricos pobladores de aquellas cumbres legendarias.

Por desgracia para ella, su proyección internacional provocó la inquina fatal de los traficantes que operaban en el territorio y, en no pocas ocasiones, recibió amenazas de muerte para que abandonase Virunga.

El 27 de diciembre de 1985 se cumplieron los peores vaticinios: fue hallada en su cabaña cosida a machetazos. Durante años, el misterio sobre su muerte permaneció anclado en el ostracismo, aunque por fin se supo que el autor del crimen había sido Protais Ziriganyirago, cuñado del presidente ruandés y capo de los furtivos que mataban gorilas. Este miserable no consiguió sus propósitos pues, finalmente, los gorilas de montaña que aún quedaban recibieron la protección por la que tanto había luchado su gran aliada.

Lo último que escribió Dian Fossey en su diario fue: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación para el futuro”.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:34 pm  Dejar un comentario  
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Agatha Christie

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Agatha Christie, la gran dama de las novelas de misterio

Nació en el seno de una rancia familia victoriana, en 1890. La autora inglesa más traducida –por delante incluso de Shakespeare– publicó su primer libro en 1920. Además de obras policiacas y de teatro, relatos y ensayos, escribió novelas de amor, de las que se sentía muy orgullosa.

Extravagante, reservada, imaginativa y viajera. Es la escritora de cuya producción bibliográfica más ejemplares se han vendido. Su obra, compuesta por unas 70 novelas, 150 relatos cortos, 19 obras teatrales, varios ensayos y una autobiografía, la convierte en un icono de la literatura universal.

La creadora de personajes como Hércules Poirot o Miss Marple nació el 15 de septiembre de 1890, en Torquay (Devonshire, Inglaterra). Su verdadero nombre era Agatha Mary Clarissa Miller Boehmer. Pertenecía a una rancia familia victoriana, cuyos padres, Frederick y Clarissa, estaban empeñados en otorgar a su descendencia la mejor instrucción académica posible.

Sin embargo, la prematura muerte del progenitor, en 1901, dejó a la familia sumida en la bancarrota, viéndose obligada a alquilar su residencia inglesa durante los veranos, mientras ellos viajaban a Egipto. Este país impregnó el alma de Agatha.

La futura escritora comenzó desde muy pronto a dar muestras de un espíritu bohemio que le acompañaría durante su interesante peripecia vital. En 1911 voló en un avión, cuando este asunto era propio de los excéntricos de la época. Más tarde conoció al apuesto Archibald Christie, un piloto de la Royal Flying Corps, con quien se casó absolutamente enamorada en 1914, año en que estalló la Primera Guerra Mundial.

Ella misma se alistó en el Cuerpo de Enfermeras. Fue destinada al laboratorio de un hospital, donde adquirió importantes conocimientos sobre toxicología, que más tarde le sirvieron para trazar los argumentos de sus libros más reconocidos.

Después del final de la contienda tuvo a su única hija, Rosalind, y en 1920 publicó su primera obra, El misterioso caso de Styles, donde aparece por primera vez el singular detective belga Hércules Poirot. La acogida de la novela fue magnífica, aunque solamente se vendieron unos 2.000 ejemplares, suficientes, en todo caso, para concebir la esperanza de ser algún día escritora profesional.

Poco después llegaron otras obras y los primeros ingresos económicos, que dedicó a la compra de un automóvil. En 1926, cuando ya gozaba de gran popularidad, recibió un duro golpe, además de la muerte de su querida madre: su marido había solicitado el divorcio. Se había encaprichado de Nancy Neele, una joven jugadora de golf que, sin pretenderlo, partió el corazón de la Christie hasta tal punto que sufrió un “shock” emocional, perdiéndose durante varios días. Fue hallada en un balneario, con nombre falso y con una amnesia de la que no llegó a recuperarse totalmente.

Sin embargo, esta mujer de carácter indómito pudo sobreponerse, en parte, debido a la publicación de El asesinato de Rogelio Ackroyd, la novela que la impulsó al éxito definitivo.

Cuando contaba 40 años decidió entregarse a su pasión viajera y, a bordo del tren Orient Express, se trasladó a Mesopotamia con la intención de visitar yacimientos arqueológicos. Fue allí donde conoció a Max Mallowan, un arqueólogo 15 años menor que ella, y que se convirtió en el gran amor de su vida. Juntos prospectaron los ecos de la historia antigua, lo que sirvió a la escritora de fuerte inspiración para algunos de sus títulos inmortales, como Asesinato en Mesopotamia o Muerte en el Nilo.

En 1939 Inglaterra quedó involucrada en la Segunda Guerra Mundial y el matrimonio tuvo que separarse. Max marchó al frente y Agatha volvió a ser enfermera, aunque siguió escribiendo con éxito, en algunos casos bajo el seudónimo de Mary Westmacott, nombre que usó para las novelas sentimentales de las que siempre se sintió orgullosa.

En 1952 estrenó su obra teatral “La ratonera”, desde entonces representada ininterrumpidamente, constituyendo, hoy en día, un récord sin parangón. Cabe comentar que, si bien Agatha Christie es una de las más fieles representantes del género detectivesco, en su extensa producción también se encuentran títulos inscritos en otros ámbitos literarios, incluida una deliciosa autobiografía titulada Ven y dime cómo vives, donde la británica muestra, a pesar de su natural timidez, una personalidad muy humana y sincera.

En 1971, la reina Isabel II —una de sus más encendidas seguidoras— le concedió la Orden del Imperio Británico por la difusión universal de sus libros. No en vano, era la autora inglesa más traducida, por encima incluso del mismísimo William Shakespeare, con unas ventas que superaban los 400 millones de ejemplares.

Falleció el 12 de enero de 1976, cogida de la mano de su esposo, Max. Una de sus frases más definitorias fue ésta: “No soy buena conversadora, no puedo hacer las cosas de prisa, me resulta difícil decir lo que quiero, prefiero escribirlo. Escogí la profesión justa”.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:30 pm  Dejar un comentario  
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Roald Amundsen

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Amundsen, el noruego que conquistó la Antártida

Explorador. Desde niño se entrenó y se aclimató al frío para futuras expediciones al Polo Norte. Fue un hábil hombre de mar, pero desapareció en 1928 en una misión de rescate en los hielos árticos.

A principios del siglo XX, aún quedaban algunos retos para el ser humano en lo que  se refiere a la exploración de nuestro planeta. En ese sentido, las principales metas a conquistar se encontraban en ambos polos de la Tierra. Muchos hombres pagaron con sus vidas la osadía de enfrentarse a los eternos hielos polares, pero uno de ellos consiguió, no sin esfuerzo, llegar al centro geográfico de la Antártida.

Nacido en Borge (Noruega), el 16 de julio de 1872, Roald Amundsen mostró desde niño una evidente querencia por todo lo relacionado con las expediciones polares, principalmente, las árticas, donde un buen número de aventureros había zozobrado en el intento de conquistar el Polo Norte. Esa obsesión infantil fue creciendo con los años muy a pesar de sus padres, quienes intentaron por todos los medios erradicar de su mente esa idea tan aparentemente peregrina. A regañadientes, aceptó la imposición materna de matricularse en la facultad de Medicina. Hasta ese momento, se había entrenado como el mejor atleta olímpico en la aspiración de que algún día pudiera colmar su ambición de pionero.

Desde los ocho años de edad, durmió con la ventana abierta en pleno invierno para aclimatarse a los rigores que le esperaban, montaba en bicicleta a diario para endurecer sus músculos y nadaba en las gélidas aguas noruegas con el propósito de aumentar su fondo y su resistencia. Con esta formidable preparación mental y corpórea llegó a 1893, año en el que una vez fallecidos sus progenitores, abandonó su formación académica para entregarse por entero a su auténtica vocación exploradora. Tenía 21 años.

Durante tres años trabajó como marinero en un barco, un oficio, según él, necesario, dado que la mayor parte de los desastres acontecidos en la conquista de los polos se debían a la inexperiencia en aquellas latitudes de los capitanes marinos. En 1897, se enroló en la expedición del barón de Gerlache, que zarpó rumbo a la Antártida.

Amundsen, tras múltiples avatares, se convirtió en el protagonista de la singladura cuando cayó enfermo el barón y se declaró el escorbuto entre la tripulación. Nuestro personaje asumió con valentía el liderazgo de aquellos desesperados hombres, les preparó abrigos de foca y mantuvo el ánimo de todos hasta que pudieron liberarse de los hielos australes.

En 1903, el ya curtido noruego compró un pequeño barco, al que llamó Gjoa. Junto a un reducido grupo de expedicionarios, se lanzó a la hasta entonces imposible aventura de encontrar el mítico paso del Noroeste que unía los océanos Atlántico y Pacífico en el norte del continente americano. Amundsen consiguió la hazaña y en marzo de 1905 atravesaba 500 millas desoladas de Alaska para comunicar la proeza al mundo desde la ciudad de Eagle City. No sólo fue una gran gesta que abría caminos comerciales, sino que también se obtuvieron datos esenciales para entender el magnetismo del planeta. Convivió con  los nativos ainuts de los que aprendió todo lo que había que saber para sobrevivir en  la inclemencia climatológica del Polo. Fueron enseñanzas magistrales que le servirían posteriormente en su hazaña antártica.

Una vez de regreso en Noruega, comenzó a preparar el asalto definitivo sobre el  centro geográfico del Polo Norte; ése era su deseo desde niño y para lo que había vivido durante años. Sin embargo, el destino le negó esa posibilidad cuando el comandante Peary se le anticipó en i909. Amundsen, quien ya había iniciado los preparativos finales para consumar ese capítulo histórico, vio truncados sus planes, aunque, lejos del abatimiento, enfiló la proa de un nuevo buque llamado Fram hacia la geografía antártica y el Polo Sur. Ésa era su nueva propuesta vital. Y es aquí donde surge una de las carreras más hermosas y a la vez dramáticas en la cronología de las conquistas, ya que casi al mismo tiempo, una expedición británica comandada por el capitán Scott se había propuesto llegar al centro geográfico del sexto continente.

Durante meses, la actividad en ambas expediciones fue frenética. Los ingleses apostaron por trineos a motor y caballos ponnies como fuerza motriz que les condujeran al éxito. Los noruegos, por su parte, depositaron sus esperanzas en trineos convencionales tirados por más de un centenar de perros árticos. Como es sabido, los ingleses no tuvieron la fortuna de su lado: los caballos murieron congelados, las orugas mecanizadas se averiaron casi de inmediato y después de un aterrador viaje, Scott y los suyos murieron tras haber llegado al objetivo dos meses más tarde que sus competidores. En cambio, los perros polares de los noruegos rindieron al máximo llevando en volandas a Roald Amundsen y su grupo.

El 14 de diciembre de 1911, la bandera noruega era clavada en el extremo más austral de la Tierra. Concluía la era de las exploraciones en nuestro planeta y su artífice pasaba con letras de oro a los anales de la Historia. En 1926 y a bordo del dirigible Norge, fue junto a su tripulación el primer humano en sobrevolar el Polo Norte constatando la ausencia de tierra firme. Con ello se completaba al fin y, sin dudas, el mapa terráqueo.

El 18 de junio de 1928, desapareció para siempre cuando capitaneaba la misión de rescate aéreo por el Ártico que pretendía localizar al dirigible Italia, que se había perdido.

Paradójicamente, aquel que había dedicado su vida a la conquista del Polo Norte y que en cambio había hecho lo propio con el polo opuesto, encontró la muerte en los hielos vírgenes de sus sueños infantiles.

Published in: on enero 23, 2016 at 9:27 pm  Dejar un comentario  
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Rudyard Kipling

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Rudyard Kipling, escritor y poeta oficial del imperio británico

Fue uno de los literatos y reporteros que defendieron el colonialismo británico victoriano entre los siglos XIX y XX. Cultivó todos los géneros, decantándose por las aventuras con un tono periodístico y trepidante. Sus obras cuentan con versiones cinematográficas de gran calidad.

El célebre autor y Premio Nobel inglés mantuvo a ultranza su tesis sobre la hegemonía que el imperio británico debía ejercer sobre el resto del mundo. Sin embargo, este pensamiento no debe confundirnos, dado que amó profundamente la convivencia y mestizaje de los pueblos.

Nacido en Bombay (La India) el 30 de diciembre de 1865, Joseph Rudyard Kipling no sólo quedó marcado por una acomodada familia, sino también por el país que le acogió. Su niñez fue adornada por exquisitas historias populares.

Contados por institutrices nativas, los relatos infundieron en el pequeño un amor inusitado por esa India ancestral y exótica bajo dominio victoriano.

Con 6 años de edad fue enviado a Inglaterra a fin de recibir una magnífica educación. Empero, la convivencia junto a una severa y anciana tía, así como los rígidos protocolos establecidos en los rancios colegios ingleses, afectaron negativamente su ánimo, y esas sensaciones amargas quedaron plasmadas años más tarde en los textos de sus obras.

En 1882, tras una intensa formación académica, regresó a su país de origen convertido en periodista, oficio que ejercerá con brillantez desde entonces. En la redacción del periódico Civil and Military Gazette compondrá sus primeras novelas cortas sembradas todas ellas de rico anecdotario con guiños a una sociedad estructurada en torno al imperio británico. Además fue pionero del análisis sociológico y sus dotes periodísticas le hacen observar la miscelánea cultural que lo rodea.

En este periodo inicial publicó Cantinelas departamentales, Cuentos de las colinas, y seis volúmenes donde expuso pequeñas historias relacionadas con la convivencia  entre la población autóctona y los ingleses ocupantes. Kipling popularizó al soldado británico. Nadie como él supo transmitir las sensaciones, las emociones y el honor de aquellas tropas coloniales en los campos de batalla donde se gestaban sus hazañas. El conocimiento que tenía del argot militar se plasmó en buena parte de su obra.

Viajero impenitente, saltó a Norteamérica para fundar en compañía de su esposa, Caroline Balestier, una familia que dio como fruto dos hijos que, por desgracia, no sobrevivieron al autor. Además de la crónica periodística, hizo incursión en diversos géneros literarios: novela, cuento y poesía, aunque, sin duda, fue su acercamiento a los jóvenes lo que le impulsó como gran escritor universal. En 1894 apareció la primera entrega de El libro de las tierras vírgenes. La siguiente lo hizo un año más tarde. En el mundialmente conocido como El libro de la selva, predominaba la cara simpática de Mowgli, un niño salvaje que encarnó el espíritu mezclado de dos culturas antagonistas.

Kipling desarrolló todo su ingenio en un apogeo narrativo cubierto por el espíritu de una India que no le negaba ningún secreto. La publicación fue aclamada por la crítica y el público. Desde entonces, la notoriedad de este creador sería sólo equiparable a su rotunda fama. Sobre él se dijo que era “el poeta oficial del imperio británico”. Y es que el escritor era un imperialista convencido que soñaba con una pax británica emanada desde la metrópoli londinense para bienestar de todos los pueblos bajo el influjo de la civilizada Inglaterra. Su laboratorio ideológico fue Sudáfrica, territorio gobernado por grandes terratenientes europeos que llevaban a la práctica el imperialismo con gran éxito. Visitó con frecuencia este enclave y allí fue donde ratificó sus postulados sobre un mundo feliz dirigido por lúcidas mentes anglosajonas.

En 1907 recibió la distinción de ser el primer inglés al que se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Ya por entonces vivía en Londres colmado de honores y reconocimientos. Si bien tras la Primera Guerra Mundial su figura literaria y posicionamiento político sufrieron algunos reveses que, en todo caso, no consiguieron menoscabar su dilatada trayectoria profesional. Obras como el propio El libro de la selva, Capitanes intrépidos o Kim de la India fueron traducidas a varios idiomas convirtiéndose en parte de la literatura universal.

Falleció con 70 años de edad el 18 de enero de 1936 cuando estaba ultimando un libro de memorias circunscrito a sus primeros años de triste existencia. El trabajo se publicó en 1937 bajo el título Algo de mí mismo. Kipling murió con el pesar de no ver reconocida su obra poética; en este sentido, el intento postrero de T. S. Eliot por rehabilitarle resultó infructuoso. No obstante, nadie cuestiona su valía como inmenso contador de historias, alguien que, a caballo entre dos siglos, supo transmitir emoción, entusiasmo y, lo más importante, cordura para entender que la convivencia intercultural sería fundamental para un armonioso desarrollo del mundo.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:36 pm  Dejar un comentario  
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Paul Nipkow

Paul Nipkow

Paul Nipkow, el joven alemán que se convirtió en padre de la televisión

Nació en 1860 en la localidad alemana de Lauenburg. Obsesionado durante años con la idea de poder transmitir una imagen a distancia, diseñó y patentó el disco de Nipkow, considerado como el primer sistema de televisión de la Historia. Tenía sólo 23 años.

A finales del siglo XIX, la intuición y pericia de diversos científicos dio, como consecuencia visible, un impulso definitivo a diferentes inventos que mejoraron la calidad de vida de los humanos y su mejor comunicación, en un contexto tecnológico que cambiaría para siempre nuestra civilización.

Acaso el más sorprendente de dichos prodigios fue la televisión, un artilugio capaz de transmitir imágenes a distancia que, si bien fue desarrollado con plenitud en el segundo tercio del siglo XX, cabe atribuir su idea primigenia a un pionero alemán obsesionado por diseccionar escenas y figuras para recomponerlas a larga distancia.

El artífice del primer sistema de la llamada televisión mecánica nació el 22 de agosto de 1860 en Lauenburg, una pintoresca ciudad de Pomerania (Alemania). El nombre completo con el que fue inscrito en el registro civil de su localidad natal fue Paul Julio Gottlieb Nipkow.

Siendo niño ya destacó sobremanera en su instrucción académica, descollando en las materias científicas, por lo que sus padres le animaron a proseguir con su recién nacida vocación. De ese modo, se matriculó en la Escuela Técnica de Neustadt (en el oeste de Prusia), donde realizó estudios de telefonía, experimentando con cuadros móviles.

Asimismo, el brillante joven se interesó por los secretos de la óptica en sus vertientes electrofísica y fisiológica, disciplinas en las que fue instruido por grandes mentores, como Hermann von Helmholtz y Adolf Slaby. En aquellos años causaba sensación el desarrollo de la fototelegrafía, y el inquieto Nipkow no quiso permanecer ajeno a aquella revolución tecnológica. Puso todo su empeño en estudiar las técnicas que, en ese sentido, se venían impulsando desde décadas anteriores a cargo de eminentes investigadores como Bain, Le Blanc, Selencq…

Todos ellos trabajaban con absoluta pasión en culminar una carrera que se entendía vital para la fluidez de las comunicaciones en nuestro planeta. Sin embargo, fue este lúcido estudiante quien daría un paso decisivo. Durante la víspera de Navidad de 1883, Nipkow sintió el toque de una genial intuición que le obligó a sentarse frente a su mesa de trabajo durante horas, con la única iluminación de un candil de aceite. No paró de proyectar sobre el papel ideas confusas acerca de una posibilidad albergada en su mente desde hacía meses. Ésta era poder transmitir, mediante un sistema especial, una imagen a distancia.

Finalmente, el ilusionado y joven científico ideó —esa misma madrugada— un dispositivo analizador de imágenes, que consistía en un disco plano y circular perforado por pequeños agujeros que se hallaban dispuestos en forma de espiral.

Cuando dicho disco giraba con un motor eléctrico, los pequeños orificios pasaban  entre el espectador y la figura seleccionada, de manera que sólo una pequeña porción de la figura era visible en cada momento. Sin embargo, si el disco iba a mayor velocidad, el ojo podía reconstruir una imagen total de la figura. Había nacido el conocido popularmente como disco de Nipkow. Asimismo, este inventor germano elaboró un método innovador, cuya teoría esencial se basaba en transmitir imágenes a distancia, gracias a una célula de selenio, si bien, en aquel tiempo no pudo construir un aparato capaz de transmitir imágenes en movimiento.

No obstante, el mencionado disco de Nipkow había mejorado sensiblemente cualquier intento anterior en la codificación de imágenes para ser transmitidas a distancia, y su creador solicitó en la oficina imperial de patentes, sita en Berlín, el registro de su invento. Una petición que fue aceptada el 15 de enero de 1885 con efecto retroactivo al 6 de enero de 1884. Empero, Nipkow no pudo concretar la realización física de su creación y la patente caducó a los 15 años sin mayor resultado.

En 1900, Constantin Perskyi utilizó, por primera vez, el término televisión. Fue durante la lectura de un discurso en la Exposición Universal de París. Dicha expresión fusionaba la palabra griega tele (distancia) y la latina visio (visión). En el texto, se elogiaban los trabajos de Paul Nipkow y otros pioneros de este flamante medio de comunicación. Años más tarde, tras múltiples avances, el ingeniero escocés John Logie Baird lograba sustituir la primigenia célula de selenio —ideada por el alemán— por una célula fotoeléctrica, capaz, ahora sí, de transmitir imágenes en movimiento.

En 1928, el padre de la televisión pudo al fin contemplar con emoción el funcionamiento de aquel invento imaginado por él 45 años atrás. La llegada de los nazis al poder en Alemania y su constante ensalzamiento de los valores germanos supusieron un acto de reivindicación sobre la paternidad teutona de la incipiente televisión. En 1935, los alemanes inauguraron su primera estación pública de televisión y aprovecharon el evento para nombrar al anciano Paul Nipkow presidente honorario del Consejo de la Televisión. Un año más tarde, los ingleses iniciaban la programación regular de emisiones televisivas, mientras que en Alemania se daba un impulso definitivo con las transmisiones realizadas en los Juegos Olímpicos de Berlín.

La televisión era, a estas alturas, un medio de comunicación imparable, asunto que quedó constatado en 1937, durante la Exposición Universal de París, en la que muchos países se interesaron en emprender sus propias emisiones televisivas.

Paul Nipkow falleció el 24 de agosto de 1940, viendo como su país se sumergía en el abismo de la guerra, aunque gozoso tras comprobar como su sueño estaba a punto de cambiar el mundo. En nuestro país Televisión Española comenzó sus emisiones regulares en 1956.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:31 pm  Dejar un comentario  
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Robert Baden Powell

Robert Baden Powell

Robert Baden Powell, el gran jefe de los “boy scouts”

No fue un alumno brillante, pero destacó por su capacidad de observación. En 1876 ingresó en el Ejército británico y, tras participar en la guerra de los Boers, ascendió a general. Su manual dirigido a los exploradores militares se convirtió en libro de culto para jóvenes y maestros.

El 25 de julio de 1907, un curtido general del imperio británico acampó en la isla de Brownsea (Reino Unido) en compañía de 25 muchachos provenientes de diferentes estratos sociales. La insólita reunión de aquellos ilusionados exploradores juveniles dio origen al movimiento scout que, una centuria después, aún mantiene viva la llama de fraternidad, paz y amor a la naturaleza que su fundador prendió en sus almas.

Robert Stephenson Smyth Baden Powell nació el 22 de febrero de 1857 en Londres. Fue uno de los hijos menores de la extensa prole de H. G. Baden Powell, reverendo anglicano y profesor de Geometría en Oxford, y de su esposa, Henriette Grace.

Su progenitor murió cuando Robert tenía 3 años, y su numerosa familia quedó bajo unas acuciantes vicisitudes económicas que, sin duda, fomentaron la imaginación de los hermanos Baden Powell. Así, encontraron en la naturaleza un medio perfecto y barato para desarrollar juegos y aventuras, siendo el pequeño Robert quien más avezado se mostró en las lides de explorar territorios que diesen marco idóneo a sus actividades  veraniegas.

En cuanto a los estudios académicos desarrollados por el futuro creador del escultismo, cabe resaltar que nunca obtuvo brillantes calificaciones en su periodo escolar, aunque siempre destacó por su curiosidad desmedida hacia las cosas y situaciones que le rodeaban.

Sin embargo, en 1876 consiguió una elevada nota en el examen de ingreso para el Ejército británico, lo que le otorgó un cargo de subteniente en el 13o regimiento de húsares, una unidad acantonada en La India. Allí, el joven oficial sobresalió gracias a su vocación innata por la observación, aptitud que le condujo a dirigir, de forma eficaz, las patrullas de scouts (exploradores) que operaban en aquella zona cubierta por densas junglas y montañas majestuosas. En dicho contexto geográfico el ya respetado militar acuñó la frase «siempre preparados», uno de los lemas que le acompañarían a lo largo de su vida.

El 11 de octubre de 1899 estalló la guerra de los Boers en el cono sur africano, y Baden Powell se incorporó al conflicto a instancias de sus superiores, asumiendo el mando en la plaza de Mafeking. Se trataba de un pequeño reducto de colonos y nativos, defendido por una escasa guarnición de apenas 1.000 soldados y asediado por más de 9.000 enemigos, ante los cuales el por entonces teniente coronel puso en práctica todos los conocimientos adquiridos en su larga peripecia como explorador.

Durante meses, los británicos sostuvieron con éxito la defensa del enclave hasta que, el 16 de mayo de 1900, los Boers se retiraron. Dicho suceso catapultó la fama de Baden Powell, quien recibió un telegrama de la reina Victoria en el que se le ascendía a general.

Hasta que finalizó el conflicto, el flamante general se dedicó a organizar los cuerpos de la policía sudafricana y, una vez en Inglaterra, comprobó con agrado cómo Ayudas al escultismo, un manual escrito por él para mejorar la eficacia de los exploradores militares, había cautivado el corazón de los jóvenes británicos y de muchos docentes que lo incluían en sus temarios escolares.

La noticia animó al veterano oficial y, con la idea de trasladar sus experiencias a la práctica cotidiana, trabó algunas conversaciones con el editor Arthur Pearson. Éste comenzó a publicar en entregas quincenales el libro del que tanto se hablaba.

Finalmente, la célebre acampada en la isla de Brownsea, ocurrida en el verano de 1907, dio origen al movimiento «scout», con un orgulloso Baden Powell convertido en líder de un número cada vez más creciente de entusiastas adolescentes dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos al servicio de los demás.

En octubre de 1912, el amor llamó a su corazón maduro y se casó con Olave St. Clair Soames, con la que tuvo sus tres hijos. Durante la I Guerra Mundial más de 150.000 chicas y chicos británicos se alistaron en los scout para custodiar los lugares estratégicos de Gran Bretaña. Desde entonces, la flor de lis, su emblema más significativo, se constituyó en paradigma de aquel sentimiento desprovisto de prejuicios raciales, sociales o religiosos.

Durante los siguientes años la organización scout se extendió por decenas de países, siempre bajo la atenta mirada de su fundador, quien asistió ilusionado a la primera reunión internacional (llamada Jamboree) de muchachos exploradores, en la que Baden Powell fue nombrado por aclamación popular jefe scout mundial.

Falleció en Kenia el 8 de enero de 1941, dejando un legado que las sucesivas generaciones supieron aprovechar. En la actualidad, casi 30 millones de jóvenes mantienen vivo el espíritu del escultismo. Más de 30.000 de ellos son españoles.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:01 pm  Dejar un comentario  
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John Wesley Hardin

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John Wesley Hardin, el mito de un pistolero llamado “Dedos fríos”

Nació en Texas en 1853. Hijo de un pastor metodista, empezó pronto su carrera como forajido: a los 15 años mató a su primera víctima. Sus 44 muertes –oficiales y su rapidez con el gatillo le convirtieron en una leyenda del lejano Oeste, por cuya cabeza se pagaban 40.000 dólares.

Fue uno de los héroes populares generados por el salvaje Oeste americano. Algunos lo calificaron como un ser inhumano carente de afectividad y siempre dispuesto a desenfundar antes que su oponente. No obstante, sus abundantes admiradores defendieron la nobleza, educación y gallardía de un hombre perseguido por el infortunio. El propio Bob Dylan le dedicó una canción en la que se decía: “No mató a nadie que fuese honrado”.

Este forajido nació en Bonham (Texas) el 26 de mayo de 1853. Era el segundo hijo del matrimonio formado por James Gibson Hardin y Maria Elizabeth Dixon, que tendrían ocho vástagos más. El padre era un pastor metodista muy acostumbrado al nomadeo por los condados de aquel nuevo Estado, en cuya bandera figuraba una estrella solitaria.

John fue rebelde como la tierra que le vio nacer, y sus progenitores pronto comprendieron que aquel hijo les daría más de un quebradero de cabeza: peleas en la escuela, broncas callejeras, fugas de casa… Cuando tenía sólo 15 años se cruzó en su vida un antiguo esclavo negro. Tras una trifulca, el adolescente desenfundó su pistola y disparó contra su adversario todo el plomo que pudo. Era su primera víctima mortal y, por desgracia, no sería la última. Después del asesinato, protagonizó una  sangrienta fuga cuando un grupo de soldados intentaba detenerle y escapó a galope.

En aquel tiempo juvenil mató a siete hombres en diferentes episodios, a veces por causa del juego; otras por su tremenda psicopatía. Acaso el capítulo más sangriento en su vida tuvo lugar en 1871, cuando se encontraba trabajando como cowboy al servicio de un ganadero llamado Chisholm.

Todo ocurrió en una venta cercana a la frontera con México. Los hombres de Chisholm buscaban a unos ladrones de ganado que, en esas semanas, merodeaban por las inmediaciones del rancho. Una noche aparecieron cinco mexicanos fuertemente armados y con apariencia de buscar camorra. Después del habitual cruce de improperios, los compañeros de Hardin optaron por rehusar el inminente combate. Sin embargo, John se encaró en solitario a los cuatreros. En un instante, los cinco  hombres se desplegaron hombro con hombro en línea recta ante la figura impasible   de Hardin, quien con sus Colt del 38 desató un infierno sobre aquellos infortunados, derribándoles mortalmente en escasos segundos.

Después de múltiples peripecias pudo al fin casarse con su primer y único amor: la hermosa Jane Bowen, con la que tuvo cuatro hijos, aunque en pocas ocasiones disfrutó del matrimonio y de la prole, dado que ya era el pistolero más buscado de toda Norteamérica. Su cabeza fue valorada en 40.000 dólares, una inmensa fortuna para aquella época.

Cientos de cazarrecompensas y sheriffs se pusieron manos a la obra en el intento de apresar a ese criminal que, con paso firme, entraba en la leyenda de la joven nación. Sin embargo, John era escurridizo, inteligente y letal, y durante otros tres años consiguió escapar de la Justicia. Todos hablaban de él como si se tratase de un fantasma, una visión espectral que recorría a sus anchas los estados del sur. Nadie parecía estar facultado para atrapar a John Wesley Hardin. Hasta que finalmente, el forajido más terrible del Oeste pensó que había llegado el momento de rehacer su vida y con su familia tomó un tren dispuesto a buscar fortuna en Florida.

Sin embargo, la fatalidad quiso que unos rangers de Texas viajaran en el mismo convoy y, tras reconocerle, le detuvieron. Era el 23 de julio de 1877. Atrás quedaban 44 víctimas oficiales, si bien se especuló que pudieron ser muchas más. Hardin fue condenado a 25 años de prisión, de los que sólo cumplió 17 por su conducta ejemplar. Durante su estancia en la cárcel obtuvo el título de abogado.

Después de recibir el indulto se estableció en la ciudad de El Paso, dispuesto a empezar de nuevo, esta vez como intachable ciudadano al servicio de la ley. Pero en la mañana del 19 de agosto de 1895, mientras jugaba tranquilamente a los dados en el salón de una taberna llamada Las Cumbres, recibía por la espalda el disparo mortal del “sheriff” John Selman, hombre al que presuntamente había sobornado para asesinar a un rival suyo.

De esa manera tan poco honrosa falleció uno de los mitos más famosos del lejano y salvaje Oeste americano. Su entierro costó 75 dólares que pagó una supuesta  amante. Su vida quedó inmortalizada en decenas de narraciones, canciones o películas, como la titulada Historia de un condenado, protagonizada por Rock Hudson. Su mortal Colt del 38 se puede contemplar actualmente en el Museo J. M. Davis Arms, en Oklahoma.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:54 pm  Dejar un comentario  
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Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán, la escritora aristócrata

Mujer feminista e independiente, vivió bajo los designios de un espíritu libre y adelantado a su tiempo.

Fue vanguardia del naturalismo narrativo en nuestro país, consiguiendo una prolífica colección de títulos que la consolidaron como autora de renombre. A pesar de ello, la intelectualidad machista de su época no consintió que accediera a un merecido sillón en la Real Academia de la Lengua.

Nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña. Era la unigénita del matrimonio formado por José Pardo Bazán y Amalia de la Rúa, a la sazón condes de Pardo Bazán. Se trataba de una familia acomodada que poseía numerosas propiedades patrimoniales como el pazo de Meirás, lugar que con el tiempo se hizo muy popular al convertirse en la residencia veraniega del general Francisco Franco.

La pequeña Emilia recibió, como otras niñas de su condición social, una esmerada educación que pronto desatendió en aras de su prematura vocación literaria. Su  padre, hombre culto entregado por entero a la política de Estado, abrió para ella la espléndida biblioteca familiar, mientras que su madre la enseñaba a leer y a dejar a  un lado las sufridas tareas domésticas. De ese modo, descubrió el maravilloso mundo propuesto por los clásicos. En esos primeros años escogió como obras predilectas La Iliada, El Quijote y La Biblia. Estas lecturas, junto a las obras de otros autores inmortales como Plutarco, hicieron que abandonara los estudios de piano y solfeo para dedicarse por completo al arte de la escritura.

Mientras tanto, desarrolló una frenética actividad social como correspondía a una señorita bien y, en 1868, coincidiendo con la Revolución Gloriosa que destronó a la reina Isabel II, contrajo matrimonio con José Quiroga, quien por entonces estudiaba la carrera de Leyes. El matrimonio Quiroga-Pardo Bazán tuvo tres hijos, si bien se vio obligado a enfrentar numerosos obstáculos sentimentales provocados, en esencia, por el carácter indómito de una Emilia que no se resignaba a la desigualdad sexista imperante en España.

En ese periodo tan convulso, el conde de Pardo Bazán se desilusionó con la política e inició una serie de viajes con su familia y la de su hija por Europa, momento que la joven aprovechó para aprender inglés y alemán a la par que perfeccionaba el francés, lengua muy amada por ella y que le sirvió de mucho a la hora de adentrarse en los grandes autores galos. Fue en estos periplos europeos donde por fin decidió dedicarse por entero a plasmar historias en el papel y, con más tesón que nunca, concibió sus primeros textos.

En 1876 obtuvo su primer premio literario gracias a la obra El estudio crítico de Feijóo. Era el inicio de una incesante trayectoria creativa. Ese mismo año, y coincidiendo con el nacimiento de Jaime, su primer hijo, publicó el único poemario de su extensa obra. Al poco tiempo apareció su primera novela, Pascual López, con escasa repercusión entre la crítica y los lectores.

Quiso la casualidad que un problema hepático la llevara en 1880 al célebre balneario de Vichy. Allí, mientras recuperaba la salud, conoció el naturalismo de Emile Zola y trabó amistad con el escritor Victor Hugo, el cual la influyó notablemente en su actitud literaria. Tras recuperarse de sus dolencias, comenzó a colaborar con el periódico La época, y fue aquí donde publicó su relato Viaje de novios, considerado la primera narración con tintes de naturalismo en nuestro país.

Entre los años 1881-83 surgieron una serie de artículos en este mismo diario bajo el título La cuestión palpitante. En ellos, Pardo Bazán opinaba libremente sobre la impronta realista y naturalista, lo que desembocó en una sucesión interminable de críticas hacia su figura. Alarmado por la resonancia de este hecho, incluso su esposo la animó a retractarse públicamente y, lo que es más grave, le sugirió de forma enérgica que abandonase la escritura. Esto colmó la paciencia de la autora y, meses más tarde, el matrimonio se disolvió.

Emilia se sumergió desde entonces en su particular mundo de personajes y  escenarios, creando obras de mayor calado, como La tribuna, primera novela naturalista publicada en España. El argumento giraba en torno a los perfiles y mentalidad de las cigarreras que trabajaban en la fábrica de tabacos de La Coruña. En 1886 se publicó Los pazos de Ulloa, su más elogiada novela.

Feminista en un siglo inapropiado para ese talante, luchó para erradicar la desigualdad entre sexos y apostó de forma entusiasta por la mejora de la educación entre las mujeres. Tras su divorcio, mantuvo un hermoso romance durante 20 años con el escritor Benito Pérez Galdós, aunque no se volvió a casar jamás.

En 1890 murió su progenitor, por lo que heredó título y patrimonio y pudo fundar la revista El Nuevo Teatro Crítico, escrita en su totalidad por ella. Asimismo, fue la primera mujer en recibir una cátedra de Literatura en la Universidad Central de Madrid. Todos estos méritos, sin embargo, no fueron suficientes para recibir un  puesto en la Real Academia de la Lengua, asunto que amargó en demasía sus últimos años.

Emilia Pardo Bazán falleció el 12 de mayo de 1921 dejando atrás una interesante producción literaria que, en nuestros días, tribus urbanas como los góticos se encargan de recuperar, dado que la Pardo Bazán se ha convertido, por su estilo y vida, en uno de sus más reconocidos.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:49 pm  Dejar un comentario  
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Robert Louis Stevenson

R L Stevenson

Stevenson, el contador de historias

Luchador ante la adversidad de la tuberculosis, viajero por vocación y supervivencia, bohemio en el siglo oportuno, liberal aburguesado y, ante todo, un maravilloso narrador de aventuras.

Robert Louis Balfour Stevenson nació un gélido 13 de noviembre de 1850 en Edimburgo (Escocia). Desde la adolescencia dio muestras de su capacidad innata para trasladar al papel toda su fuente de inspiración  imaginativa.

Con apenas 16 años publicó su primera obra, de tan sólo 22 páginas, bajo el título “La revuelta de Pentland”. De carácter extrovertido, se licenció en leyes, si bien nunca llegó a ejercer como abogado.

En el periodo universitario fue un estudiante díscolo, pícaro y amante de las juergas nocturnas, lo que provocó grandes disgustos familiares. Entró en círculos progresistas donde se discutían ideas cercanas al socialismo, lo contrario de lo que se defendía en su clan, muy aferrado a las costumbres y tradiciones escocesas.

En estos años mozos, nuestro protagonista tuvo que asumir con resignación el diagnóstico de una virulenta tuberculosis que se agravó con el pésimo clima húmedo de su tierra natal. Con su enfermedad por eterna compañera, Stevenson se vio en la necesidad de viajar a la búsqueda de climatologías benignas. De ese modo, inició una serie de estancias en el continente europeo y Francia se convirtió en su segunda residencia. Por las tierras galas, el escritor deambuló visitando pueblos pintorescos, montañas de difícil acceso, ríos navegables… Todas estas experiencias fueron apareciendo en sus primeros ensayos sobre viajes, obras en las que el escocés adquirió notable maestría y un oficio que luego le sirvió para afrontar el reto de confeccionar brillantes novelas de aventuras, así como poesías cargadas de emoción y sentimiento.

En uno de estos periplos conoció a la estadounidense Fanny Osbourne –el gran amor de su vida–, pero la relación presentaba algunos inconvenientes: ella estaba separada y a la espera de divorcio, tenía dos hijos y era 10 años mayor que él. Con todo, la fascinación que ambos sintieron nada más conocerse despejó cualquier duda y, en 1879, contraviniendo órdenes paternas, Stevenson se embarcó rumbo a California en busca de su amada. El viaje estuvo a punto de acabar en tragedia dado que el escocés, sin medios económicos y con los pulmones casi reventados, llegó a Estados Unidos transformado en un mísero mendigo. Sin dinero y enfermo, consiguió por fin localizar a Fanny, quien, ya divorciada, le cuidó con esmero hasta su recuperación.

En marzo de 1880 se celebró el matrimonio. Robert congenió a la perfección con sus hijos adoptivos, en especial con Lloyd, el mayor de la prole, un jovencito con talento que pretendía ser escritor siguiendo los pasos de su nuevo padre. La relación fructificó en varias obras que escribieron en conjunto, aunque lo más destacado de esta original colaboración fue la idea que el muchacho sugirió al autor en agosto de 1881, cuando  la familia se acababa de instalar en Escocia.

Una buena tarde el chico se quedó mirando fijamente a su padrastro y, tras unos segundos de silencio, le preguntó si era posible que escribiera una buena novela para él. El escritor, algo confuso por la petición, le respondió con una pregunta: “¿Qué entiendes por una buena novela?”. Lloyd, sonriendo, exclamó: “Un libro que tenga un poco de todo, emoción, aventuras fantásticas, soldados, piratas, barcos, un chico  como yo y, lo más importante, nada de mujeres”. Stevenson tomó buena nota y al día siguiente se puso a escribir un folletín que en principio llevó por título “The Sea Cook” y que fue publicado por entregas en la revista juvenil Young Folk.

La repercusión entre los lectores fue de tal magnitud que dos años más tarde apareció en forma de libro bajo el título “La isla del tesoro”. Había nacido una de las obras inmortales de la literatura británica. Stevenson, ya maduro como autor, obtuvo el reconocimiento de la crítica y logró vender miles de ejemplares en los primeros  meses.

En 1885, la enfermedad le atacó con demasiada dureza y sufrió un tremendo agotamiento físico y mental. Precisamente, en medio de una noche cubierta por horribles pesadillas, brotó en su mente la perversidad de un tal Mister Hyde, ser antagónico del noble doctor Jekyll, hombre entusiasta de la ciencia y dispuesto a experimentar consigo mismo un brebaje magistral que a la postre será su perdición.

Desde luego, el reto que Jekyll y Hyde propusieron a su creador era muy exigente, pero Stevenson lo asumió y escribió con vertiginoso delirio un relato de 60.000 palabras que asombró al mundo. Una vez más, el éxito acompañó al novelista y se vendieron 250.000 ejemplares en las primeras semanas.

En 1889 se publicó “El señor de Ballantree”, justo el mismo año en el que contacta con su último paraíso escénico: el archipiélago de las Islas Samoa. Allí levantó una casa a la que llamaron Villa Vailima –que en idioma autóctono viene a significar casa entre ríos–. Fue inaugurada en 1890 y sirvió como morada a los Stevenson hasta el fatídico 3 de diciembre de 1894, fecha en que la tuberculosis se llevó para siempre la vida del afamado escritor.

Cuentan que, en sus últimas horas, el cansado novelista dijo con una sonrisa: “Viví alegre y alegremente muero”. Pero quizá los que mejor supieron captar el espíritu verdadero de Robert Louis Stevenson fueron los samoanos, los cuales, a modo de homenaje, escribieron este epitafio en su lápida: “Aquí esta enterrado Tusitala –el contador de historias–”.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:41 pm  Dejar un comentario  
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Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt, la diosa de la escena

Estrella. Considerada la más grande actriz de su época, la francesa exhibió una personalidad extravagante para alimentar su leyenda. Adicta al derroche y a los amantes, se arruinó varias veces.

El célebre autor Mark Twain afirmó de forma categórica que existían cinco tipos de actrices: las buenas, las malas, las regulares, las  grandes y Sarah Bernhardt. El excéntrico Oscar Wilde escribió su obra Salomé inspirado por ella, e incluso Sigmund Freud situó un retrato suyo en la entrada de su consulta para recibir a sus atormentados pacientes. Considerada la mejor actriz teatral de todos los tiempos, Sarah nació el 22 de octubre de 1845 en un París prerrevolucionario lleno de luz y esperanza en el futuro. Su madre, Julia van Hard, una cortesana venida a menos de origen holandés, fue abandonada por el padre, Edouard Bernhardt, un joven francés estudiante de Derecho, quien se desentendió de la pequeña Sarah Rosine Marie Henriette. Por fortuna para ella, intercedió el duque de Morny, uno de los tantos amantes en los que se refugió la desolada progenitora de la futura estrella.

Siendo niña recibió educación en un convento para posteriormente pasar a engrosar la lista de estudiantes que se preparaban en el Conservatorio de París. Al poco tiempo,   la intuición de su preceptor aristócrata no se vio defraudada, y la muchacha consiguió graduarse con un segundo premio en interpretación de comedia y tragedia. Bien es cierto que su arranque en el mundo escénico no recibió los suficientes aplausos. Sí en cambio, consiguió que la mirada del príncipe belga Henri de Ligne se posase sobre  ella. Fue un amor intenso, pasional y fruto de él nació Maurice, el único hijo que tuvo Sarah, quien, por cierto, estuvo a punto de retirarse al pensar que había encontrado  su príncipe azul. Sin embargo, la familia de éste evitó cualquier unión, y la francesa tuvo que regresar a los escenarios para, ahora sí, triunfar en 1869 encarnando un personaje masculino en la obra Le passant, de Racine. El éxito comenzó a llamar a su puerta con insistencia y, tres años más tarde, era solicitada por la Comédie Française, principal compañía teatral del país galo. Nuestro personaje crecía profesionalmente  con cada representación, con cada éxito, con cada crítica.

En 1880 fundó su propia compañía y con ella se lanzó a la conquista del mundo. Visitó, en agotadoras giras, casi todos los continentes con una fama que desde luego la precedía. Fue una pionera en la concepción del estrellato mediático. Acuñó una merecidísima aureola excéntrica que la acompañó desde entonces: viajaba con decenas de baúles, cientos de trajes maravillosos, cajas del mejor champaña francés y todo un zoológico compuesto por perros, camaleones, leopardos, pumas, caimanes… Incluso llegó a generar una imagen cuasi mística por su forma inigualable de morir en los escenarios. Decían que “nadie fallece mejor que la Bernhardt”.

Asimismo, llegó a poseer un ataúd forrado de terciopelo en el que guardaba las cartas de sus admiradores y en ocasiones lo utilizaba como lecho dejándose fotografiar en él para mayor auge de su leyenda inmortal. En aquel tiempo de decadencia victoriana, fue considerada la más glamourosa y poco le importaba si su talento quedaba un tanto relegado por su extravagancia. En este sentido, cabe mencionar que la divina Sarah poseía una declamación prodigiosa realzada por su cristalina “voz de oro”.

Nadie interpretó mejor que ella a Marguerite Gautier, personaje protagonista de La Dama de las Camelias, una obra de Alejandro Dumas, hijo, el cual era amigo personal de la Bernhardt, como tantos de la mejor intelectualidad del momento.

Aunque tuvo innumerables amantes, sólo contrajo matrimonio, en 1882, con Jacques Damala, pero su espíritu era demasiado libre y a los pocos meses la relación culminó en fracaso. La divina Bernhardt se enriqueció económicamente tantas veces como la ruina se apoderó de sus arcas. Empero, su fuerte personalidad y su búsqueda de la perfección interpretativa absoluta siempre la empujaron a emprender nuevas aventuras. Dirigió diversos teatros parisinos alcanzando el mérito de ser una consumada especialista en las obras shakespearianas. Ella misma asumió los papeles que el dramaturgo inglés había creado para protagonistas masculinos y, según las crónicas, pocos se podían equiparar a su espectacular puesta en escena. En 1900 se sumó con gusto a las nuevas experiencias cinematográficas siendo de las primeras actrices en entender la proyección universal que tendría el séptimo arte. En una ocasión dijo tras ver su imagen en la gran pantalla: “Lo he conseguido, por fin soy inmortal”. Esa dimensión pretendida siguió engrandeciéndose gracias a otras facultades artísticas como la literatura, la escultura o la pintura. También participó en numerosas campañas publicitarias de la época, de ese modo pudo verse su figura anunciando maquillajes, tabacos, perfumes…. Y, al igual que en los tiempos actuales, fue difamada por antiguas compañeras que en algún caso llegaron a escribir libros sobre aquella diosa de la escena. La Bernhardt siempre escuchó con fingido desdén estas calumnias y las aprovechó para seguir incrementando su inmejorable currículo.

En 1905, mientras interpretaba a la protagonista de Tosca, sufrió un percance que lesionó una de sus piernas. Diez años más tarde, el sufrimiento provocado por la herida era de tal magnitud que tuvieron que amputarle ese miembro, por el que alguien llegó a ofrecer 10.000 dólares. Pero lejos del abatimiento siguió en el teatro hasta su fallecimiento en París el 23 de marzo de 1923. Su entierro fue tan apoteósico como su vida: 150.000 franceses la escoltaron hasta el cementerio de Père Lachaise donde por fin descansó. Atrás quedaban años de gloria en los que estrenó más de 150 obras con miles de representaciones y distinciones como la Legión de Honor de Francia.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:36 pm  Dejar un comentario  
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