Robert Baden Powell

Robert Baden Powell

Robert Baden Powell, el gran jefe de los “boy scouts”

No fue un alumno brillante, pero destacó por su capacidad de observación. En 1876 ingresó en el Ejército británico y, tras participar en la guerra de los Boers, ascendió a general. Su manual dirigido a los exploradores militares se convirtió en libro de culto para jóvenes y maestros.

El 25 de julio de 1907, un curtido general del imperio británico acampó en la isla de Brownsea (Reino Unido) en compañía de 25 muchachos provenientes de diferentes estratos sociales. La insólita reunión de aquellos ilusionados exploradores juveniles dio origen al movimiento scout que, una centuria después, aún mantiene viva la llama de fraternidad, paz y amor a la naturaleza que su fundador prendió en sus almas.

Robert Stephenson Smyth Baden Powell nació el 22 de febrero de 1857 en Londres. Fue uno de los hijos menores de la extensa prole de H. G. Baden Powell, reverendo anglicano y profesor de Geometría en Oxford, y de su esposa, Henriette Grace.

Su progenitor murió cuando Robert tenía 3 años, y su numerosa familia quedó bajo unas acuciantes vicisitudes económicas que, sin duda, fomentaron la imaginación de los hermanos Baden Powell. Así, encontraron en la naturaleza un medio perfecto y barato para desarrollar juegos y aventuras, siendo el pequeño Robert quien más avezado se mostró en las lides de explorar territorios que diesen marco idóneo a sus actividades  veraniegas.

En cuanto a los estudios académicos desarrollados por el futuro creador del escultismo, cabe resaltar que nunca obtuvo brillantes calificaciones en su periodo escolar, aunque siempre destacó por su curiosidad desmedida hacia las cosas y situaciones que le rodeaban.

Sin embargo, en 1876 consiguió una elevada nota en el examen de ingreso para el Ejército británico, lo que le otorgó un cargo de subteniente en el 13o regimiento de húsares, una unidad acantonada en La India. Allí, el joven oficial sobresalió gracias a su vocación innata por la observación, aptitud que le condujo a dirigir, de forma eficaz, las patrullas de scouts (exploradores) que operaban en aquella zona cubierta por densas junglas y montañas majestuosas. En dicho contexto geográfico el ya respetado militar acuñó la frase «siempre preparados», uno de los lemas que le acompañarían a lo largo de su vida.

El 11 de octubre de 1899 estalló la guerra de los Boers en el cono sur africano, y Baden Powell se incorporó al conflicto a instancias de sus superiores, asumiendo el mando en la plaza de Mafeking. Se trataba de un pequeño reducto de colonos y nativos, defendido por una escasa guarnición de apenas 1.000 soldados y asediado por más de 9.000 enemigos, ante los cuales el por entonces teniente coronel puso en práctica todos los conocimientos adquiridos en su larga peripecia como explorador.

Durante meses, los británicos sostuvieron con éxito la defensa del enclave hasta que, el 16 de mayo de 1900, los Boers se retiraron. Dicho suceso catapultó la fama de Baden Powell, quien recibió un telegrama de la reina Victoria en el que se le ascendía a general.

Hasta que finalizó el conflicto, el flamante general se dedicó a organizar los cuerpos de la policía sudafricana y, una vez en Inglaterra, comprobó con agrado cómo Ayudas al escultismo, un manual escrito por él para mejorar la eficacia de los exploradores militares, había cautivado el corazón de los jóvenes británicos y de muchos docentes que lo incluían en sus temarios escolares.

La noticia animó al veterano oficial y, con la idea de trasladar sus experiencias a la práctica cotidiana, trabó algunas conversaciones con el editor Arthur Pearson. Éste comenzó a publicar en entregas quincenales el libro del que tanto se hablaba.

Finalmente, la célebre acampada en la isla de Brownsea, ocurrida en el verano de 1907, dio origen al movimiento «scout», con un orgulloso Baden Powell convertido en líder de un número cada vez más creciente de entusiastas adolescentes dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos al servicio de los demás.

En octubre de 1912, el amor llamó a su corazón maduro y se casó con Olave St. Clair Soames, con la que tuvo sus tres hijos. Durante la I Guerra Mundial más de 150.000 chicas y chicos británicos se alistaron en los scout para custodiar los lugares estratégicos de Gran Bretaña. Desde entonces, la flor de lis, su emblema más significativo, se constituyó en paradigma de aquel sentimiento desprovisto de prejuicios raciales, sociales o religiosos.

Durante los siguientes años la organización scout se extendió por decenas de países, siempre bajo la atenta mirada de su fundador, quien asistió ilusionado a la primera reunión internacional (llamada Jamboree) de muchachos exploradores, en la que Baden Powell fue nombrado por aclamación popular jefe scout mundial.

Falleció en Kenia el 8 de enero de 1941, dejando un legado que las sucesivas generaciones supieron aprovechar. En la actualidad, casi 30 millones de jóvenes mantienen vivo el espíritu del escultismo. Más de 30.000 de ellos son españoles.

Published in: on enero 23, 2016 at 8:01 pm  Dejar un comentario  
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John Wesley Hardin

john wesley

John Wesley Hardin, el mito de un pistolero llamado “Dedos fríos”

Nació en Texas en 1853. Hijo de un pastor metodista, empezó pronto su carrera como forajido: a los 15 años mató a su primera víctima. Sus 44 muertes –oficiales y su rapidez con el gatillo le convirtieron en una leyenda del lejano Oeste, por cuya cabeza se pagaban 40.000 dólares.

Fue uno de los héroes populares generados por el salvaje Oeste americano. Algunos lo calificaron como un ser inhumano carente de afectividad y siempre dispuesto a desenfundar antes que su oponente. No obstante, sus abundantes admiradores defendieron la nobleza, educación y gallardía de un hombre perseguido por el infortunio. El propio Bob Dylan le dedicó una canción en la que se decía: “No mató a nadie que fuese honrado”.

Este forajido nació en Bonham (Texas) el 26 de mayo de 1853. Era el segundo hijo del matrimonio formado por James Gibson Hardin y Maria Elizabeth Dixon, que tendrían ocho vástagos más. El padre era un pastor metodista muy acostumbrado al nomadeo por los condados de aquel nuevo Estado, en cuya bandera figuraba una estrella solitaria.

John fue rebelde como la tierra que le vio nacer, y sus progenitores pronto comprendieron que aquel hijo les daría más de un quebradero de cabeza: peleas en la escuela, broncas callejeras, fugas de casa… Cuando tenía sólo 15 años se cruzó en su vida un antiguo esclavo negro. Tras una trifulca, el adolescente desenfundó su pistola y disparó contra su adversario todo el plomo que pudo. Era su primera víctima mortal y, por desgracia, no sería la última. Después del asesinato, protagonizó una  sangrienta fuga cuando un grupo de soldados intentaba detenerle y escapó a galope.

En aquel tiempo juvenil mató a siete hombres en diferentes episodios, a veces por causa del juego; otras por su tremenda psicopatía. Acaso el capítulo más sangriento en su vida tuvo lugar en 1871, cuando se encontraba trabajando como cowboy al servicio de un ganadero llamado Chisholm.

Todo ocurrió en una venta cercana a la frontera con México. Los hombres de Chisholm buscaban a unos ladrones de ganado que, en esas semanas, merodeaban por las inmediaciones del rancho. Una noche aparecieron cinco mexicanos fuertemente armados y con apariencia de buscar camorra. Después del habitual cruce de improperios, los compañeros de Hardin optaron por rehusar el inminente combate. Sin embargo, John se encaró en solitario a los cuatreros. En un instante, los cinco  hombres se desplegaron hombro con hombro en línea recta ante la figura impasible   de Hardin, quien con sus Colt del 38 desató un infierno sobre aquellos infortunados, derribándoles mortalmente en escasos segundos.

Después de múltiples peripecias pudo al fin casarse con su primer y único amor: la hermosa Jane Bowen, con la que tuvo cuatro hijos, aunque en pocas ocasiones disfrutó del matrimonio y de la prole, dado que ya era el pistolero más buscado de toda Norteamérica. Su cabeza fue valorada en 40.000 dólares, una inmensa fortuna para aquella época.

Cientos de cazarrecompensas y sheriffs se pusieron manos a la obra en el intento de apresar a ese criminal que, con paso firme, entraba en la leyenda de la joven nación. Sin embargo, John era escurridizo, inteligente y letal, y durante otros tres años consiguió escapar de la Justicia. Todos hablaban de él como si se tratase de un fantasma, una visión espectral que recorría a sus anchas los estados del sur. Nadie parecía estar facultado para atrapar a John Wesley Hardin. Hasta que finalmente, el forajido más terrible del Oeste pensó que había llegado el momento de rehacer su vida y con su familia tomó un tren dispuesto a buscar fortuna en Florida.

Sin embargo, la fatalidad quiso que unos rangers de Texas viajaran en el mismo convoy y, tras reconocerle, le detuvieron. Era el 23 de julio de 1877. Atrás quedaban 44 víctimas oficiales, si bien se especuló que pudieron ser muchas más. Hardin fue condenado a 25 años de prisión, de los que sólo cumplió 17 por su conducta ejemplar. Durante su estancia en la cárcel obtuvo el título de abogado.

Después de recibir el indulto se estableció en la ciudad de El Paso, dispuesto a empezar de nuevo, esta vez como intachable ciudadano al servicio de la ley. Pero en la mañana del 19 de agosto de 1895, mientras jugaba tranquilamente a los dados en el salón de una taberna llamada Las Cumbres, recibía por la espalda el disparo mortal del “sheriff” John Selman, hombre al que presuntamente había sobornado para asesinar a un rival suyo.

De esa manera tan poco honrosa falleció uno de los mitos más famosos del lejano y salvaje Oeste americano. Su entierro costó 75 dólares que pagó una supuesta  amante. Su vida quedó inmortalizada en decenas de narraciones, canciones o películas, como la titulada Historia de un condenado, protagonizada por Rock Hudson. Su mortal Colt del 38 se puede contemplar actualmente en el Museo J. M. Davis Arms, en Oklahoma.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:54 pm  Dejar un comentario  
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Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán, la escritora aristócrata

Mujer feminista e independiente, vivió bajo los designios de un espíritu libre y adelantado a su tiempo.

Fue vanguardia del naturalismo narrativo en nuestro país, consiguiendo una prolífica colección de títulos que la consolidaron como autora de renombre. A pesar de ello, la intelectualidad machista de su época no consintió que accediera a un merecido sillón en la Real Academia de la Lengua.

Nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña. Era la unigénita del matrimonio formado por José Pardo Bazán y Amalia de la Rúa, a la sazón condes de Pardo Bazán. Se trataba de una familia acomodada que poseía numerosas propiedades patrimoniales como el pazo de Meirás, lugar que con el tiempo se hizo muy popular al convertirse en la residencia veraniega del general Francisco Franco.

La pequeña Emilia recibió, como otras niñas de su condición social, una esmerada educación que pronto desatendió en aras de su prematura vocación literaria. Su  padre, hombre culto entregado por entero a la política de Estado, abrió para ella la espléndida biblioteca familiar, mientras que su madre la enseñaba a leer y a dejar a  un lado las sufridas tareas domésticas. De ese modo, descubrió el maravilloso mundo propuesto por los clásicos. En esos primeros años escogió como obras predilectas La Iliada, El Quijote y La Biblia. Estas lecturas, junto a las obras de otros autores inmortales como Plutarco, hicieron que abandonara los estudios de piano y solfeo para dedicarse por completo al arte de la escritura.

Mientras tanto, desarrolló una frenética actividad social como correspondía a una señorita bien y, en 1868, coincidiendo con la Revolución Gloriosa que destronó a la reina Isabel II, contrajo matrimonio con José Quiroga, quien por entonces estudiaba la carrera de Leyes. El matrimonio Quiroga-Pardo Bazán tuvo tres hijos, si bien se vio obligado a enfrentar numerosos obstáculos sentimentales provocados, en esencia, por el carácter indómito de una Emilia que no se resignaba a la desigualdad sexista imperante en España.

En ese periodo tan convulso, el conde de Pardo Bazán se desilusionó con la política e inició una serie de viajes con su familia y la de su hija por Europa, momento que la joven aprovechó para aprender inglés y alemán a la par que perfeccionaba el francés, lengua muy amada por ella y que le sirvió de mucho a la hora de adentrarse en los grandes autores galos. Fue en estos periplos europeos donde por fin decidió dedicarse por entero a plasmar historias en el papel y, con más tesón que nunca, concibió sus primeros textos.

En 1876 obtuvo su primer premio literario gracias a la obra El estudio crítico de Feijóo. Era el inicio de una incesante trayectoria creativa. Ese mismo año, y coincidiendo con el nacimiento de Jaime, su primer hijo, publicó el único poemario de su extensa obra. Al poco tiempo apareció su primera novela, Pascual López, con escasa repercusión entre la crítica y los lectores.

Quiso la casualidad que un problema hepático la llevara en 1880 al célebre balneario de Vichy. Allí, mientras recuperaba la salud, conoció el naturalismo de Emile Zola y trabó amistad con el escritor Victor Hugo, el cual la influyó notablemente en su actitud literaria. Tras recuperarse de sus dolencias, comenzó a colaborar con el periódico La época, y fue aquí donde publicó su relato Viaje de novios, considerado la primera narración con tintes de naturalismo en nuestro país.

Entre los años 1881-83 surgieron una serie de artículos en este mismo diario bajo el título La cuestión palpitante. En ellos, Pardo Bazán opinaba libremente sobre la impronta realista y naturalista, lo que desembocó en una sucesión interminable de críticas hacia su figura. Alarmado por la resonancia de este hecho, incluso su esposo la animó a retractarse públicamente y, lo que es más grave, le sugirió de forma enérgica que abandonase la escritura. Esto colmó la paciencia de la autora y, meses más tarde, el matrimonio se disolvió.

Emilia se sumergió desde entonces en su particular mundo de personajes y  escenarios, creando obras de mayor calado, como La tribuna, primera novela naturalista publicada en España. El argumento giraba en torno a los perfiles y mentalidad de las cigarreras que trabajaban en la fábrica de tabacos de La Coruña. En 1886 se publicó Los pazos de Ulloa, su más elogiada novela.

Feminista en un siglo inapropiado para ese talante, luchó para erradicar la desigualdad entre sexos y apostó de forma entusiasta por la mejora de la educación entre las mujeres. Tras su divorcio, mantuvo un hermoso romance durante 20 años con el escritor Benito Pérez Galdós, aunque no se volvió a casar jamás.

En 1890 murió su progenitor, por lo que heredó título y patrimonio y pudo fundar la revista El Nuevo Teatro Crítico, escrita en su totalidad por ella. Asimismo, fue la primera mujer en recibir una cátedra de Literatura en la Universidad Central de Madrid. Todos estos méritos, sin embargo, no fueron suficientes para recibir un  puesto en la Real Academia de la Lengua, asunto que amargó en demasía sus últimos años.

Emilia Pardo Bazán falleció el 12 de mayo de 1921 dejando atrás una interesante producción literaria que, en nuestros días, tribus urbanas como los góticos se encargan de recuperar, dado que la Pardo Bazán se ha convertido, por su estilo y vida, en uno de sus más reconocidos.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:49 pm  Dejar un comentario  
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Robert Louis Stevenson

R L Stevenson

Stevenson, el contador de historias

Luchador ante la adversidad de la tuberculosis, viajero por vocación y supervivencia, bohemio en el siglo oportuno, liberal aburguesado y, ante todo, un maravilloso narrador de aventuras.

Robert Louis Balfour Stevenson nació un gélido 13 de noviembre de 1850 en Edimburgo (Escocia). Desde la adolescencia dio muestras de su capacidad innata para trasladar al papel toda su fuente de inspiración  imaginativa.

Con apenas 16 años publicó su primera obra, de tan sólo 22 páginas, bajo el título “La revuelta de Pentland”. De carácter extrovertido, se licenció en leyes, si bien nunca llegó a ejercer como abogado.

En el periodo universitario fue un estudiante díscolo, pícaro y amante de las juergas nocturnas, lo que provocó grandes disgustos familiares. Entró en círculos progresistas donde se discutían ideas cercanas al socialismo, lo contrario de lo que se defendía en su clan, muy aferrado a las costumbres y tradiciones escocesas.

En estos años mozos, nuestro protagonista tuvo que asumir con resignación el diagnóstico de una virulenta tuberculosis que se agravó con el pésimo clima húmedo de su tierra natal. Con su enfermedad por eterna compañera, Stevenson se vio en la necesidad de viajar a la búsqueda de climatologías benignas. De ese modo, inició una serie de estancias en el continente europeo y Francia se convirtió en su segunda residencia. Por las tierras galas, el escritor deambuló visitando pueblos pintorescos, montañas de difícil acceso, ríos navegables… Todas estas experiencias fueron apareciendo en sus primeros ensayos sobre viajes, obras en las que el escocés adquirió notable maestría y un oficio que luego le sirvió para afrontar el reto de confeccionar brillantes novelas de aventuras, así como poesías cargadas de emoción y sentimiento.

En uno de estos periplos conoció a la estadounidense Fanny Osbourne –el gran amor de su vida–, pero la relación presentaba algunos inconvenientes: ella estaba separada y a la espera de divorcio, tenía dos hijos y era 10 años mayor que él. Con todo, la fascinación que ambos sintieron nada más conocerse despejó cualquier duda y, en 1879, contraviniendo órdenes paternas, Stevenson se embarcó rumbo a California en busca de su amada. El viaje estuvo a punto de acabar en tragedia dado que el escocés, sin medios económicos y con los pulmones casi reventados, llegó a Estados Unidos transformado en un mísero mendigo. Sin dinero y enfermo, consiguió por fin localizar a Fanny, quien, ya divorciada, le cuidó con esmero hasta su recuperación.

En marzo de 1880 se celebró el matrimonio. Robert congenió a la perfección con sus hijos adoptivos, en especial con Lloyd, el mayor de la prole, un jovencito con talento que pretendía ser escritor siguiendo los pasos de su nuevo padre. La relación fructificó en varias obras que escribieron en conjunto, aunque lo más destacado de esta original colaboración fue la idea que el muchacho sugirió al autor en agosto de 1881, cuando  la familia se acababa de instalar en Escocia.

Una buena tarde el chico se quedó mirando fijamente a su padrastro y, tras unos segundos de silencio, le preguntó si era posible que escribiera una buena novela para él. El escritor, algo confuso por la petición, le respondió con una pregunta: “¿Qué entiendes por una buena novela?”. Lloyd, sonriendo, exclamó: “Un libro que tenga un poco de todo, emoción, aventuras fantásticas, soldados, piratas, barcos, un chico  como yo y, lo más importante, nada de mujeres”. Stevenson tomó buena nota y al día siguiente se puso a escribir un folletín que en principio llevó por título “The Sea Cook” y que fue publicado por entregas en la revista juvenil Young Folk.

La repercusión entre los lectores fue de tal magnitud que dos años más tarde apareció en forma de libro bajo el título “La isla del tesoro”. Había nacido una de las obras inmortales de la literatura británica. Stevenson, ya maduro como autor, obtuvo el reconocimiento de la crítica y logró vender miles de ejemplares en los primeros  meses.

En 1885, la enfermedad le atacó con demasiada dureza y sufrió un tremendo agotamiento físico y mental. Precisamente, en medio de una noche cubierta por horribles pesadillas, brotó en su mente la perversidad de un tal Mister Hyde, ser antagónico del noble doctor Jekyll, hombre entusiasta de la ciencia y dispuesto a experimentar consigo mismo un brebaje magistral que a la postre será su perdición.

Desde luego, el reto que Jekyll y Hyde propusieron a su creador era muy exigente, pero Stevenson lo asumió y escribió con vertiginoso delirio un relato de 60.000 palabras que asombró al mundo. Una vez más, el éxito acompañó al novelista y se vendieron 250.000 ejemplares en las primeras semanas.

En 1889 se publicó “El señor de Ballantree”, justo el mismo año en el que contacta con su último paraíso escénico: el archipiélago de las Islas Samoa. Allí levantó una casa a la que llamaron Villa Vailima –que en idioma autóctono viene a significar casa entre ríos–. Fue inaugurada en 1890 y sirvió como morada a los Stevenson hasta el fatídico 3 de diciembre de 1894, fecha en que la tuberculosis se llevó para siempre la vida del afamado escritor.

Cuentan que, en sus últimas horas, el cansado novelista dijo con una sonrisa: “Viví alegre y alegremente muero”. Pero quizá los que mejor supieron captar el espíritu verdadero de Robert Louis Stevenson fueron los samoanos, los cuales, a modo de homenaje, escribieron este epitafio en su lápida: “Aquí esta enterrado Tusitala –el contador de historias–”.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:41 pm  Dejar un comentario  
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Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt, la diosa de la escena

Estrella. Considerada la más grande actriz de su época, la francesa exhibió una personalidad extravagante para alimentar su leyenda. Adicta al derroche y a los amantes, se arruinó varias veces.

El célebre autor Mark Twain afirmó de forma categórica que existían cinco tipos de actrices: las buenas, las malas, las regulares, las  grandes y Sarah Bernhardt. El excéntrico Oscar Wilde escribió su obra Salomé inspirado por ella, e incluso Sigmund Freud situó un retrato suyo en la entrada de su consulta para recibir a sus atormentados pacientes. Considerada la mejor actriz teatral de todos los tiempos, Sarah nació el 22 de octubre de 1845 en un París prerrevolucionario lleno de luz y esperanza en el futuro. Su madre, Julia van Hard, una cortesana venida a menos de origen holandés, fue abandonada por el padre, Edouard Bernhardt, un joven francés estudiante de Derecho, quien se desentendió de la pequeña Sarah Rosine Marie Henriette. Por fortuna para ella, intercedió el duque de Morny, uno de los tantos amantes en los que se refugió la desolada progenitora de la futura estrella.

Siendo niña recibió educación en un convento para posteriormente pasar a engrosar la lista de estudiantes que se preparaban en el Conservatorio de París. Al poco tiempo,   la intuición de su preceptor aristócrata no se vio defraudada, y la muchacha consiguió graduarse con un segundo premio en interpretación de comedia y tragedia. Bien es cierto que su arranque en el mundo escénico no recibió los suficientes aplausos. Sí en cambio, consiguió que la mirada del príncipe belga Henri de Ligne se posase sobre  ella. Fue un amor intenso, pasional y fruto de él nació Maurice, el único hijo que tuvo Sarah, quien, por cierto, estuvo a punto de retirarse al pensar que había encontrado  su príncipe azul. Sin embargo, la familia de éste evitó cualquier unión, y la francesa tuvo que regresar a los escenarios para, ahora sí, triunfar en 1869 encarnando un personaje masculino en la obra Le passant, de Racine. El éxito comenzó a llamar a su puerta con insistencia y, tres años más tarde, era solicitada por la Comédie Française, principal compañía teatral del país galo. Nuestro personaje crecía profesionalmente  con cada representación, con cada éxito, con cada crítica.

En 1880 fundó su propia compañía y con ella se lanzó a la conquista del mundo. Visitó, en agotadoras giras, casi todos los continentes con una fama que desde luego la precedía. Fue una pionera en la concepción del estrellato mediático. Acuñó una merecidísima aureola excéntrica que la acompañó desde entonces: viajaba con decenas de baúles, cientos de trajes maravillosos, cajas del mejor champaña francés y todo un zoológico compuesto por perros, camaleones, leopardos, pumas, caimanes… Incluso llegó a generar una imagen cuasi mística por su forma inigualable de morir en los escenarios. Decían que “nadie fallece mejor que la Bernhardt”.

Asimismo, llegó a poseer un ataúd forrado de terciopelo en el que guardaba las cartas de sus admiradores y en ocasiones lo utilizaba como lecho dejándose fotografiar en él para mayor auge de su leyenda inmortal. En aquel tiempo de decadencia victoriana, fue considerada la más glamourosa y poco le importaba si su talento quedaba un tanto relegado por su extravagancia. En este sentido, cabe mencionar que la divina Sarah poseía una declamación prodigiosa realzada por su cristalina “voz de oro”.

Nadie interpretó mejor que ella a Marguerite Gautier, personaje protagonista de La Dama de las Camelias, una obra de Alejandro Dumas, hijo, el cual era amigo personal de la Bernhardt, como tantos de la mejor intelectualidad del momento.

Aunque tuvo innumerables amantes, sólo contrajo matrimonio, en 1882, con Jacques Damala, pero su espíritu era demasiado libre y a los pocos meses la relación culminó en fracaso. La divina Bernhardt se enriqueció económicamente tantas veces como la ruina se apoderó de sus arcas. Empero, su fuerte personalidad y su búsqueda de la perfección interpretativa absoluta siempre la empujaron a emprender nuevas aventuras. Dirigió diversos teatros parisinos alcanzando el mérito de ser una consumada especialista en las obras shakespearianas. Ella misma asumió los papeles que el dramaturgo inglés había creado para protagonistas masculinos y, según las crónicas, pocos se podían equiparar a su espectacular puesta en escena. En 1900 se sumó con gusto a las nuevas experiencias cinematográficas siendo de las primeras actrices en entender la proyección universal que tendría el séptimo arte. En una ocasión dijo tras ver su imagen en la gran pantalla: “Lo he conseguido, por fin soy inmortal”. Esa dimensión pretendida siguió engrandeciéndose gracias a otras facultades artísticas como la literatura, la escultura o la pintura. También participó en numerosas campañas publicitarias de la época, de ese modo pudo verse su figura anunciando maquillajes, tabacos, perfumes…. Y, al igual que en los tiempos actuales, fue difamada por antiguas compañeras que en algún caso llegaron a escribir libros sobre aquella diosa de la escena. La Bernhardt siempre escuchó con fingido desdén estas calumnias y las aprovechó para seguir incrementando su inmejorable currículo.

En 1905, mientras interpretaba a la protagonista de Tosca, sufrió un percance que lesionó una de sus piernas. Diez años más tarde, el sufrimiento provocado por la herida era de tal magnitud que tuvieron que amputarle ese miembro, por el que alguien llegó a ofrecer 10.000 dólares. Pero lejos del abatimiento siguió en el teatro hasta su fallecimiento en París el 23 de marzo de 1923. Su entierro fue tan apoteósico como su vida: 150.000 franceses la escoltaron hasta el cementerio de Père Lachaise donde por fin descansó. Atrás quedaban años de gloria en los que estrenó más de 150 obras con miles de representaciones y distinciones como la Legión de Honor de Francia.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:36 pm  Dejar un comentario  
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Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós, el gran cronista de la España decimonónica

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Hijo de una familia de clase media, era el menor de 10 hermanos. Pronto demostró sus dotes creativas. Novelista, dramaturgo y articulista, se convirtió en el autor más representativo del Realismo español gozó de gran prestigio entre sus coetáneos.

Fue uno de los padres de la novela histórica española. Su extensa producción bibliográfica abarcó casi 100 títulos dedicados, en su mayoría, a contar la vida cotidiana, episodios y avatares de un país que caminaba a duras penas hacia el siglo XX, mientras debía asumir el derrumbe de los últimos vestigios imperiales. Observador y curioso por todo lo que le rodeaba, eligió Madrid como fuente de inspiración para las minuciosas descripciones de las que se nutrían sus maravillosas historias.

El autor de los célebres Episodios nacionales vino al mundo en la ciudad canaria de Las Palmas el 10 de mayo de 1843, en el seno de una numerosa familia conformada por el padre, el teniente coronel Sebastián Pérez; su madre, Dolores Galdós, y otros nueve hermanos mayores que él. Benito se convirtió en el benjamín de un clan siempre acuciado por las premuras económicas de aquel momento en el que España restañaba heridas tras la agotadora y sangrienta primera guerra carlista.

Sus primeros años los pasó en las Islas Afortunadas. Estudió en el Instituto de San Agustín, centro docente de carácter liberal, donde de inmediato mostró una acusada creatividad que le condujo a manifestar querencia por el dibujo caricaturesco y sobre todo por la literatura. En 1862 se graduó bachiller en Artes en el tinerfeño instituto de La Laguna. Para entonces ya colaboraba como articulista en algunas publicaciones de Las Palmas.

Dispuesto a ampliar sus horizontes, viajó a Madrid para estudiar la carrera de Leyes. Pero lejos de centrarse en las actividades académicas, quedó prendado por el ambiente castizo que dominaba la ciudad, y pronto ocupó sus horas en deambular por sus calles, contemplando las escenas costumbristas que más tarde plasmaría con tanta perfección de detalles en sus escritos.

Asimismo, frecuentó cafetines o las estancias del Ateneo, lugares donde se daba cita lo más destacado de la intelectualidad patria. En dichos epicentros de la opinión cultivada, el futuro escritor brilló con luz propia ofreciendo precisos apuntes críticos sobre la anquilosada sociedad española. Fue, precisamente, en Madrid donde se gestó su verdadera vocación literaria. Tras colaborar con varias revistas capitalinas, el joven escritor se convirtió en el primer traductor para España de su admirado Charles Dickens.

En 1870 culminó sus sueños con la publicación de La fontana de oro, su primera novela confeccionada dos años antes, justo cuando soplaban los vientos de la Revolución Gloriosa. En 1873 vio la luz Trafalgar, inicio espectacular de sus Episodios nacionales, una suerte de títulos ofrecidos en cinco colecciones que descubrieron a los lectores hispanos los principales acontecimientos sociales, militares y políticos que se dieron en España durante el siglo XIX.

Pérez Galdós se consagró como el autor más característico del llamado Realismo español. Sus constantes viajes por Europa (entre 1882 y 1897) le ayudaron a justificar el empeño que siempre tuvo a la hora de intentar imprimir alma de renovación y modernidad en la mortecina sociedad española de aquella época. Títulos como El doctor centeno (1883), Tormento (1884) o la inmortal Fortunata y Jacinta (1888) contribuyeron a fomentar ese profundo análisis social que el autor exigía con insistencia. A estas obras se añadirán sus éxitos teatrales, aclamados por un público entregado al buen hacer de uno de los escritores españoles más afamados de este periodo.

También se interesó por las cuestiones políticas y sostuvo una febril actividad desde las filas del Partido Progresista, dirigido por Mateo Sagasta, quien le procuró un acta de diputado por la isla de Puerto Rico.

En 1897 su prestigio literario le otorgó el sillón N en la Real Academia de la Lengua, y un tiempo más tarde una larga lista de intelectuales reclamaron para el autor canario el Premio Nobel de Literatura, asunto que, incomprensiblemente, nunca llegó a cuajar.

En el aspecto sentimental, Galdós nunca quiso contraer matrimonio, si bien se le atribuyen multitud de romances, como el que vivió con la escritora Emilia Pardo  Bazán. Ésta llegó a ser una de sus más sinceras confidentes y colaboradoras. A finales del XIX, pasó largas temporadas en Santander, ciudad en la que organizó interesantes tertulias frecuentadas por lo más granado de la cultura. De ese modo, transcurrieron sus años más gozosos hasta que, en 1912, abandonó la política y sus escritos, aquejado de arteriosclerosis y de una ceguera progresiva. Arruinado y víctima de la enfermedad, falleció el 4 de enero de 1920. Más de 20.000 madrileños acompañaron su féretro hasta el cementerio de La Almudena, en homenaje a este inmenso escritor de la literatura universal.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:32 pm  Dejar un comentario  
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Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Rosalía de Castro, la gran narradora de la añoranza gallega

Nació en una casa abandonada de Santiago de Compostela, en 1837. Sus progenitores fueron un sacerdote y una joven perteneciente a la burguesía campesina gallega. Figura clave en el renacimiento literario gallego, fue una adelantada a su tiempo, feminista y ecologista.

Enarboló la bandera de la modernidad literaria en un siglo hostil para autoras de su profundidad intelectual. Ecologista adelantada, sufrió con dolor los primeros movimientos migratorios gallegos,  mientras escribía en su lengua vernácula una miríada de sentimientos inundados por la nostalgia.

La máxima representante de las letras gallegas vino al mundo en Santiago de Compostela el 24 de febrero de 1837. A decir verdad, las circunstancias de su nacimiento no fueron las más recomendables, pues lo hizo en una casa abandonada de la ciudad compostelana y según su partida de bautismo fechada aquel mismo día, era hija de padres incógnitos.

Sus progenitores fueron, en realidad, el sacerdote José Martínez Viojo y María Teresa de Castro, una típica representante de la burguesía campesina gallega, quien intentó ocultar durante 10 años la existencia de aquella niña frágil e introvertida. En su tiempo infantil, la pequeña Rosalía vivió bajo la tutela, primero, de su madrina, Francisca Martínez, y luego de sus dos tías paternas, las cuales le procuraron una educación más que aceptable para la época.

Al fin, su arrepentida madre se reunió con ella para vivir juntas en Santiago unos años plenos de amor y complicidad en los que ambas recuperaron el tiempo perdido. La joven Rosalía destacó en las disciplinas relacionadas con las bellas artes,  sobresaliendo en pintura, música y declamación, asunto que la llevó a interpretar algún papel teatral en el compostelano Liceo de la Juventud.

Con 12 años escribió sus primeros versos, y siendo adolescente su valía ya era reconocida en los santuarios culturales de su ciudad. En 1856 se trasladó a Madrid, donde entró en contacto, gracias a su primer libro de poesía titulado La flor, con algunos círculos intelectuales de la capital. En estos ambientes se desenvolvían también pensadores y periodistas gallegos. Uno de ellos, Manuel Martínez Murguía, se fijó en la capacidad innata de la autora nobel y pronto trabó con ella una amistad que les condujo al altar de la iglesia de San Ildefonso el 10 de octubre de 1858.

Rosalía optó por la vida serena del matrimonio mientras publicaba sus primeros trabajos de relevancia con obras en prosa como “Flavio”, “La hija del mar”, “Ruinas” o “El caballero de las botas azules”. A la par llegaba su numerosa prole, hasta siete vástagos que, por desgracia, no sobrevivirían a su delicada madre, siempre a expensas de los estragos producidos por la enfermedad o la pena contraída al ver el difícil camino que la mujer debía transitar en aquel siglo convulso.

Rosalía mostró en sus libros un gran amor por la naturaleza y denunció situaciones provocadas por el abuso industrial que hoy serían catalogadas como atentados ecológicos. También vio con dolor la constante salida de Galicia de miles de personas en busca de una vida mejor. Eran los primeros emigrantes, a los que siguieron muchos más dejando atrás su tierra natal, embargados por la característica saudade gallega [nostalgia, añoranza] de la que Rosalía se convirtió en su más clara representante.

El 17 de mayo de 1863 publicó Cantares gallegos, uno de sus textos inmortales y escrito en su lengua madre. En sus páginas, Rosalía de Castro plasmó con maestría absoluta el sentir del pueblo gallego, siendo la oportuna voz que sus paisanos requerían en aquel contexto abrumado por las necesidades de toda índole.

Este luminoso poemario fue un suceso literario de alta magnitud que no encontró en su tiempo la repercusión que merecía. Sin embargo, no cayó en el olvido y, generación tras generación, llegó a ser referencia obligada de la gran literatura gallega, hasta tal punto que, en la actualidad, la fecha de su publicación es el Día de las letras gallegas, un claro homenaje a esta autora que tanto defendió los sentimientos intrínsecos de su tierra natal.

Rosalía era mujer reservada, su timidez quizá le impidió mayor resonancia social, aunque ella nunca quiso más fama que la de la existencia cotidiana entre los suyos.  En todo caso, esta vida familiar se mantuvo constantemente alterada por la precariedad económica o el trasiego por ciudades como Madrid, Vigo, Padrón o Simancas, lugar este último donde escribió la mayoría de los versos de “Follas novas”, obra publicada en 1880 que relanzó su actividad literaria. Cuatro años más tarde se publicaría En las orillas del Sar, considerada su obra cumbre en castellano.

Por entonces, padecía un devastador cáncer de útero que acabó con su vida el 15 de julio de 1885, mientras estaba en su casa de Padrón (La Coruña). Dicha residencia es, hoy, un bello museo en el que sus visitantes pueden percibir el cálido recuerdo dejado en la tierra por esta gallega universal.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:24 pm  Dejar un comentario  
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George Sand

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George Sand, una excéntrica muy romántica que gozó del amor libre

El nombre real de esta escritora francesa del siglo XIX era Aurore Dupin. Una idealista que luchó por los derechos de las mujeres en un contexto machista. Intimó con Honoré de Balzac, Franz Liszt fue amante de Frédéric Chopin. Escribió más de 140 novelas.

Alguien dijo de ella: “No es hombre ni mujer, sino un ser que piensa”. Una frase que define a la perfección a esta mujer, que escribió tanto como amó defendiendo la pasión ante los convencionalismos impuestos. Su ingente obra publicada en forma de novelas, cuentos, teatro o artículos periodísticos es reivindicada hoy en día por amplios sectores de la intelectualidad más vanguardista.

Su verdadero nombre era Amandine Aurore Lucie Dupin y vino al mundo el 1 de julio de 1804 en París, siendo hija de un oficial napoleónico pariente del rey polaco Augusto II y de una modesta campesina. Pasó la infancia en el bello pueblecito francés de Nohant bajo la tutela de su abuela materna, quien la dejó crecer libre de estrictas imposiciones  educativas.

La pequeña Aurore demostró con precocidad su gusto por los ropajes masculinos, así como por montar a caballo; con lo que se puede decir que esta avanzada del feminismo tuvo una infancia feliz y bucólica, asunto que cimentó su apasionado carácter indómito. Más tarde, completó su formación en un convento parisino, donde siguió alimentando su curiosidad por el saber con la lectura de innumerables textos literarios. En plena adolescencia sintió la llamada de las letras y, aunque se casó muy joven (1822, tenía 18 años) con el varón Casimir Dudevant, nada la frenó en su afán por transmitir emociones a través de narraciones románticas, un estilo literario que en ese tiempo hacía furor en los escenarios intelectuales franceses.

Fiel a sus principios vitales, la todavía Aurore buscó el amor por la ciudad de la luz a escondidas o con el consentimiento de su esposo, siendo muchos los amantes que se censaron para ella en esos momentos de crecimiento personal. Con uno de ellos concibió a su hija Solange, si bien ésta fue atribuida a su marido oficial. De otro amor, Jules Sandeau, proviene su seudónimo y la decisión definitiva de dedicarse a los libros compartiendo con Jules las primeras obras: El comisionista y Rosa y Blanca. En este periodo frecuentó elitistas círculos en los que se desenvolvían creadores como el escritor Honoré de Balzac o el músico Franz Liszt, a los que le unía un profundo afecto personal.

En 1836 consiguió la nulidad de su matrimonio y, ya convertida en George Sand, comenzó a convulsionar a la sociedad parisina. Se la pudo ver en diferentes ámbitos progresistas donde amó con pasión destapada a decenas de hombres ilustres del momento. Son años felices en los que aparecen obras como Indiana o Valentine, así como textos de diverso calado publicados en revistas relevantes de la época. En 1838 conoció a uno de sus grandes amores, el polaco Frédéric Chopin, compositor inmortal con el que vivió nueve años de relación, según algunos, casi maternofilial. Junto a él visitó Mallorca, donde escribió Un invierno en Mallorca, recrean do los paisajes que les acogieron. Por desgracia, los sentimientos de la pareja se enfriaron a tal punto que la francesa rompió con el músico mediante una carta en la que se despedía con esta frase: “Adiós, mi amigo”.

La Sand también mantuvo devaneos con la política y, en ese sentido, se convirtió en una firme defensora de la Tercera República francesa con diversas publicaciones dirigidas por ella en las que se preconizaba el inminente cambio de la situación social para el país galo. No obstante, la revolución de 1848 y los derroteros tomados por la clase política la desilusionaron completamente, por lo que asumió un retiro voluntario en Nohant. Allí pasó el resto de su vida escribiendo una prolífica obra en la que describió a la sociedad reinante. Fueron más de 140 novelas y decenas de artículos que consiguieron una legión de seguidores.

En este tiempo campestre no descuidó sus relaciones personales y cruzó correspondencia con grandes autores como Gustave Flaubert. Asimismo, florecieron amistades con personajes fundamentales de la sociedad francesa más exquisita como Alejandro Dumas o Sainte-Beuve. Su retiro le sirvió para meditar sobre su agitada existencia incitándola a escribir diversos apuntes personales recogidos en su autobiografía, Historia de mi vida.

Romántica convencida, no desatendió su compromiso social, siendo beligerante contra la Iglesia y algunos estamentos políticos, lo que le creó no pocos enemigos que se encargaron de denostarla y vilipendiarla por su extraña forma de vivir y por una aparente ambigüedad sexual. El 8 de junio de 1876, George Sand fallecía en Nohant víctima de una oclusión intestinal estando rodeada por el cariño de sus queridos nietos y de multitud de amigos que acudieron al entierro. Nada mejor para una persona que defendió la voluntad de amar por encima de todo.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:18 pm  Dejar un comentario  
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Mary Shelley

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Mary Shelley, la joven creadora de Frankenstein

Romántica. Creó uno de los monstruos más célebres de la Historia, tras un encuentro con Byron y Polidori en Suiza. Adoraba a su marido y, a la muerte de éste, abandonó la literatura.

Su inspiración sirvió para traer a este mundo a una de las criaturas más inquietantes en el universo del terror. Precursora de la ciencia ficción, vaticinó en alguna de sus obras desastres y calamidades para la raza humana en este siglo XXI, mientras que la tragedia familiar se adueñaba de su romántico espíritu.

Fue la segunda hija del célebre matrimonio formado por el filósofo William Godwin y la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft. Mary nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Su llegada al mundo quedó teñida por el negro color de la muerte, dado que su madre falleció a las pocos días del parto. Su desconsolado progenitor quedó desde entonces al cuidado de la prole, volcándose por entero en recuperar la memoria de su bien amada esposa. En aquel tiempo dieciochesco, los Godwin habían protagonizado episodios rebeldes y comprometidos con una sociedad que caminaba tras la estela de la revolución industrial británica. Miss Wollstonecraft consiguió enarbolar, en su breve historia vital, la bandera de la igualdad entre sexos, si bien sus detractores siempre la acusaron de tener una personalidad frívola y disoluta. No obstante, su marido supo realzar en todo momento los valores esenciales por los que luchó, consiguiendo un gran reconocimiento para ella entre millones de mujeres que peleaban por sus derechos.

En 1801, su padre se había unido en segundas nupcias a Mary Jane Clairmont, una mujer que aportó dos nuevos hijos al matrimonio, lo que provocó un gran desplazamiento de la pequeña Mary, quien ahora debía compartir el amor de su padre con los nuevos miembros del clan. Esto supuso un serio revés para la futura escritora, ya que estaba muy unida a él. La madrastra cumplió con la leyenda negra de las de su condición y evitó a toda costa que Mary recibiera estudios académicos. Aunque eso no impidió que desarrollara sus innegables cualidades literarias y, de ese modo, pudo publicar con sólo 10 años de edad un primer y breve poemario.

En mayo de 1814 conoció a Percy B. Shelley –el auténtico amor de su vida–. Con él se fugó de Londres rumbo al continente en una situación muy difícil para todos, ya que el escritor estaba casado. Fue un gran escándalo por la escasa edad de la joven y el currículo sinuoso del bohemio. Durante dos años deambularon por Francia, Italia y Suiza, hasta que les llegó la noticia sobre el suicidio de la primera esposa de Shelley. Ya, sin obstáculos que lo impidieran, la pareja contrajo matrimonio en diciembre de ese mismo año. Unos meses antes de este hecho, sucedió el episodio que marcaría la vida de la novelista.

El 16 de junio de 1816, Mary, en compañía de su pareja, se encontraba en una bucólica región lacustre suiza muy cercana a la ciudad de Ginebra. En aquellos parajes habitaba el célebre Lord Byron quien, por entonces, escribía el tercer canto de La peregrinación de Childe Harold. Como ayudante tenía a un joven médico llamado John William Polidori. Pronto, los cuatro personajes trabaron amistad en un verano borrascoso cubierto por la lluvia. En una de esas noches desapacibles, el grupo se refugió en la Villa Diodati, y a Byron se le ocurrió que lo mejor para pasar el tiempo era que cada uno de los amigos discurriese una pavorosa historia de terror y que ésta quedara plasmada en papel. Byron y Percy Shelley en su condición de poetas no tardaron en aburrirse con la prosa, empero, Polidori y Mary se descubrieron como autores tremendamente imaginativos.

El galeno concibió un relato que pasaría a los anales de la literatura gótica bajo el título de El vampiro; si bien parece que la autoría se atribuyó en principio a Lord Byron sin que éste hiciera nada por remediarlo. Lo de la británica fue sin duda más sonoro, ya que su mente generó uno de los relatos más apasionantes del terror universal.

Una madrugada, tras sufrir una infernal pesadilla, Mary empezó a escribir “Frankenstein”, o el moderno Prometeo, donde se recogía uno de los mitos esenciales de nuestra cultura europea, esto es, la posibilidad de convertirnos en dioses creadores de vida.

En 1817, Shelley daba los últimos retoques a su obra y un año más tarde era publicada con una repercusión abrumadora entre los millones de lectores que se acercaron con interés al libro. Ya nada volvió a ser igual para ella. Su éxito caminaba parejo a sus desgracias familiares y, en este sentido, hay que mencionar que sobrevivió a todos sus seres queridos, incluidos padres, esposo y sus cuatro hijos. En septiembre de i822, su marido moría ahogado en Italia y, aunque tuvo varios pretendientes que quisieron casarse con ella y su fama, nunca consintió una nueva relación argumentando el amor que profesó a su marido: el apellido Shelley se lo llevaría a la lápida de su tumba.

Después del éxito de su primera novela llegaron otras cuatro que, como es evidente, no obtuvieron el mismo eco que Frankenstein. Cabe destacar El último hombre, inquietante título aparecido en 1826, donde se narraba la extinción de la raza humana a causa de un virus desconocido que asola la vida en pleno siglo XXI.

Finalmente, Mary Shelley abandonó la narrativa novelada para dedicarse a recopilar los trabajos de su marido. Junto a esta misión publicó algunos ensayos sobre sus viajes, así como relatos cortos en algunas publicaciones. En 1848, le fue detectado un tumor que la fue apagando hasta que el 1 de febrero de 1851 murió durmiendo en su cama. Quién sabe si su último sueño fue de compresión y cariño hacia la criatura creada por su fascinante imaginación.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:08 pm  Dejar un comentario  
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Noah Sealth

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El primer ecologista fue un jefe indio llamado Noah Sealth

En 1854, este indio suquamish realizó una encedida proclama de defensa del planeta ante el enviado del presidente de EEUU, que quería comprar la tierra de sus ancestros. Sin embargo, hay dudas de que dicho alegato, expresado como lo conocemos hoy, saliera de su boca.

En enero de 1854, un veterano jefe indio de la tribu suquamish puso su enorme mano sobre la cabeza de Isaac Stevens –enviado especial del presidente norteamericano Franklin Pierce– para contestarle a la propuesta de compra efectuada por Estados Unidos sobre su tierra ancestral. Aquel acto, pleno de pesimista resignación ante lo inevitable, pasaría a la Historia como el primer discurso en defensa de la ecología.

A principios del siglo XIX no faltaban aventureros que se internaran en las montañas o atravesaran los bosques de Estados Unidos en busca de oro y pieles. Sin embargo, su codiciosa temeridad provocó la reacción hostil de los nativos que, desde hacía milenios, habitaban esas tierras en completa armonía con la naturaleza y los espíritus sagrados.

Los combates esporádicos entre rostros pálidos y pieles rojas desembocaron en batallas campales, y los primeros muertos blancos –en su mayoría mineros, tramperos o buscavidas– fueron vengados sobradamente con la masacre de aldeas enteras.

En la década de los 30, el Gobierno de Washington estableció los límites territoriales para el asentamiento de algunas tribus desposeídas de sus lugares de caza. De ese modo, las denominadas naciones indias civilizadas –cherokee, choctaw, chickasaw, creek y semínolas– se vieron forzadas a tomar el camino del éxodo en lo que ellos mismos denominaron «La ruta de las lágrimas». Un ignominioso peregrinaje que dejó miles de muertos en el camino y otros tantos supervivientes humillados que llegaron como parias al sitio que los blancos les habían asignado entre el oeste de Missuri y el norte de Texas.

En los decimonónicos años 50 le llegó el turno a los territorios distribuidos por el actual Estado de Washington, y fue aquí donde surgió con fuerza la figura de un respetado jefe tribal llamado Noah Sealth, quien se erigió en oportuno mediador entre su amenazado pueblo y los voraces colonos.

El considerado primer ecologista de la Historia vino al mundo hacia 1786 en Blake Island (Estado de Washington), justo cuando las epidemias llevadas por los pioneros europeos causaban estragos entre las tribus indias asentadas en la zona. Su padre fue Schweabe, gran jefe de los suquamish, y su madre, Scholitza, pertenecía a la nobleza de los duwamish.

El pequeño Sealth creció bajo la influencia de su carismático progenitor mientras se preparaba para asumir el liderazgo de su pueblo, asunto que aconteció cuando apenas contaba 20 años de edad. Durante ese tiempo se tuvo que enfrentar, junto a sus guerreros, a los constantes ataques ocasionados por tribus rivales a las que derrotó, dando muestras de absoluta valentía y determinación.

Estas virtudes le granjearon el respeto de los seis poblados que dirigía. Además, era admirado por su imponente apariencia física ( 1,82 metros), y por su poderosa voz, que lograba proyectar a unos 800 metros de distancia cuando ofrecía su elaborada y aclamada oratoria a los miembros de la tribu.

Sealth tomó dos esposas con las que tuvo abundante prole, de la que destacó su hija la princesa Angeline. En 1848, siendo ya un venerable anciano, decidió adoptar la religión católica. Con su familia al completo se bautizó cerca de la localidad de Olympia (Washington), recibiendo en la pila bautismal el nombre de Noé Seattle, por el que sería conocido desde entonces.

Cinco años después, el presidente estadounidense Franklin Pierce le lanzó una oferta de compra por las tierras habitadas por los suquamish y otros clanes. La propuesta incluía, además de paz y dinero, la creación de una reserva en la que pudieran vivir Seattle y los suyos. Según las difusas crónicas, fue en el transcurso de estas conversaciones cuando el jefe indio pronunció ante el mencionado delegado presidencial, Isaac Stevens, la sentida proclama de amor a la Tierra que ahora se veía obligado a abandonar por causas imperativas y que concluía de la siguiente manera:

«¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sido del águila? Desapareció. Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir».

Sin embargo, no existe ningún testimonio presencial y tampoco ninguna evidencia que nos permita afirmar que este supuesto alegato se diese en boca del renombrado líder tribal. Más bien debemos referir que el presunto mensaje apareció, por primera vez, reflejado en papel el 29 de octubre de 1887 –33 años después de que hubiera salido de los labios del jefe suquamish– en las páginas del periódico Seattle Sunday Star.

Se trataba de un texto firmado por Henry Smith, un reputado médico, en quien se advertían dotes para la escritura y la poesía. A buen seguro, Smith idealizó y dio estilo a la narración original del nativo, el cual se había expresado en lushootseed, su   lengua vernácula, para ser traducido al chinook (una mezcla de francés, inglés y aborigen), de uso frecuente para el comercio en la zona y que más tarde sufrió modificaciones en su pase definitivo al inglés.

Sea como fuere, en enero de 1855 los autóctonos, liderados por Seattle, firmaron el acuerdo de Point Elliot (Mukilteo, en Washington). Así, aceptaban las condiciones exigidas por los blancos y cedían 2,5 millones de acres (alrededor de 10.000 km2) a cambio de una pequeña reserva de apenas 30 km2 y una suma económica que nunca se terminó de concretar ni de pagar.

El 7 de junio de 1866 Seattle falleció con 80 años en la reserva india de Port Madison. Hoy en día una de las principales ciudades del Estado de Washington lleva su nombre en recuerdo del ser humano que soñó con la convivencia entre dos mundos antagonistas.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:02 pm  Dejar un comentario  
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