Mary Shelley

Mary-Shelley

Mary Shelley, la joven creadora de Frankenstein

Romántica. Creó uno de los monstruos más célebres de la Historia, tras un encuentro con Byron y Polidori en Suiza. Adoraba a su marido y, a la muerte de éste, abandonó la literatura.

Su inspiración sirvió para traer a este mundo a una de las criaturas más inquietantes en el universo del terror. Precursora de la ciencia ficción, vaticinó en alguna de sus obras desastres y calamidades para la raza humana en este siglo XXI, mientras que la tragedia familiar se adueñaba de su romántico espíritu.

Fue la segunda hija del célebre matrimonio formado por el filósofo William Godwin y la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft. Mary nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Su llegada al mundo quedó teñida por el negro color de la muerte, dado que su madre falleció a las pocos días del parto. Su desconsolado progenitor quedó desde entonces al cuidado de la prole, volcándose por entero en recuperar la memoria de su bien amada esposa. En aquel tiempo dieciochesco, los Godwin habían protagonizado episodios rebeldes y comprometidos con una sociedad que caminaba tras la estela de la revolución industrial británica. Miss Wollstonecraft consiguió enarbolar, en su breve historia vital, la bandera de la igualdad entre sexos, si bien sus detractores siempre la acusaron de tener una personalidad frívola y disoluta. No obstante, su marido supo realzar en todo momento los valores esenciales por los que luchó, consiguiendo un gran reconocimiento para ella entre millones de mujeres que peleaban por sus derechos.

En 1801, su padre se había unido en segundas nupcias a Mary Jane Clairmont, una mujer que aportó dos nuevos hijos al matrimonio, lo que provocó un gran desplazamiento de la pequeña Mary, quien ahora debía compartir el amor de su padre con los nuevos miembros del clan. Esto supuso un serio revés para la futura escritora, ya que estaba muy unida a él. La madrastra cumplió con la leyenda negra de las de su condición y evitó a toda costa que Mary recibiera estudios académicos. Aunque eso no impidió que desarrollara sus innegables cualidades literarias y, de ese modo, pudo publicar con sólo 10 años de edad un primer y breve poemario.

En mayo de 1814 conoció a Percy B. Shelley –el auténtico amor de su vida–. Con él se fugó de Londres rumbo al continente en una situación muy difícil para todos, ya que el escritor estaba casado. Fue un gran escándalo por la escasa edad de la joven y el currículo sinuoso del bohemio. Durante dos años deambularon por Francia, Italia y Suiza, hasta que les llegó la noticia sobre el suicidio de la primera esposa de Shelley. Ya, sin obstáculos que lo impidieran, la pareja contrajo matrimonio en diciembre de ese mismo año. Unos meses antes de este hecho, sucedió el episodio que marcaría la vida de la novelista.

El 16 de junio de 1816, Mary, en compañía de su pareja, se encontraba en una bucólica región lacustre suiza muy cercana a la ciudad de Ginebra. En aquellos parajes habitaba el célebre Lord Byron quien, por entonces, escribía el tercer canto de La peregrinación de Childe Harold. Como ayudante tenía a un joven médico llamado John William Polidori. Pronto, los cuatro personajes trabaron amistad en un verano borrascoso cubierto por la lluvia. En una de esas noches desapacibles, el grupo se refugió en la Villa Diodati, y a Byron se le ocurrió que lo mejor para pasar el tiempo era que cada uno de los amigos discurriese una pavorosa historia de terror y que ésta quedara plasmada en papel. Byron y Percy Shelley en su condición de poetas no tardaron en aburrirse con la prosa, empero, Polidori y Mary se descubrieron como autores tremendamente imaginativos.

El galeno concibió un relato que pasaría a los anales de la literatura gótica bajo el título de El vampiro; si bien parece que la autoría se atribuyó en principio a Lord Byron sin que éste hiciera nada por remediarlo. Lo de la británica fue sin duda más sonoro, ya que su mente generó uno de los relatos más apasionantes del terror universal.

Una madrugada, tras sufrir una infernal pesadilla, Mary empezó a escribir “Frankenstein”, o el moderno Prometeo, donde se recogía uno de los mitos esenciales de nuestra cultura europea, esto es, la posibilidad de convertirnos en dioses creadores de vida.

En 1817, Shelley daba los últimos retoques a su obra y un año más tarde era publicada con una repercusión abrumadora entre los millones de lectores que se acercaron con interés al libro. Ya nada volvió a ser igual para ella. Su éxito caminaba parejo a sus desgracias familiares y, en este sentido, hay que mencionar que sobrevivió a todos sus seres queridos, incluidos padres, esposo y sus cuatro hijos. En septiembre de i822, su marido moría ahogado en Italia y, aunque tuvo varios pretendientes que quisieron casarse con ella y su fama, nunca consintió una nueva relación argumentando el amor que profesó a su marido: el apellido Shelley se lo llevaría a la lápida de su tumba.

Después del éxito de su primera novela llegaron otras cuatro que, como es evidente, no obtuvieron el mismo eco que Frankenstein. Cabe destacar El último hombre, inquietante título aparecido en 1826, donde se narraba la extinción de la raza humana a causa de un virus desconocido que asola la vida en pleno siglo XXI.

Finalmente, Mary Shelley abandonó la narrativa novelada para dedicarse a recopilar los trabajos de su marido. Junto a esta misión publicó algunos ensayos sobre sus viajes, así como relatos cortos en algunas publicaciones. En 1848, le fue detectado un tumor que la fue apagando hasta que el 1 de febrero de 1851 murió durmiendo en su cama. Quién sabe si su último sueño fue de compresión y cariño hacia la criatura creada por su fascinante imaginación.

Published in: on enero 23, 2016 at 7:08 pm  Dejar un comentario  
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